Para entender la realidad

- Feb 28, 2010

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•Es evidente que en Tepic se está librando una sangrienta guerra por el control de la plaza, y de nada servirá que el ejército y la policía traten de intervenir

LA MISMA HISTORIA. Yo, como miles de nayaritas, también viví en el paraíso. Por años, décadas, Puerto Vallarta fue un remanso, donde cada mes a lo máximo morían dos personas por cualquier causa. No era el Vallarta de cuando los viejos dormían con las puertas y las ventanas de sus casas abiertas, pero era una ciudad muy amable para vivir, y sobre todo muy segura.

Mientras gran parte del país entró en el tobogán de la violencia generada por el narcotráfico, en Puerto Vallarta la paz seguía reinando, aunque cada vez era más evidente el incremento en la venta y consumo de drogas. Las llamadas narcotienditas se multiplicaron gracias a la impunidad con la que sus dueños trabajaban, en parte por esa visión de que el narcotráfico es un delito de corte federal y en parte debido a la corrupción que caracteriza a nuestros cuerpos policiacos. Pero un día nos robaron la calma, los famosos cuernos de chivo empezaron a ladrar por las principales avenidas del puerto, las ejecuciones fueron la constante durante varios meses. Fue un sangriento episodio en el que cuando menos 20 personas involucradas al narcotráfico fueron asesinadas de manera espectacular. Escenas propias de Culiacán, Tijuana y Ciudad Juárez de pronto ocurrieron a la vuelta de la esquina. De golpe la violencia que veíamos lejana en el noticiero se estrenó en nuestras calles, generando la psicosis y la certeza de que ya nada sería igual.

BUENAS NOTICIAS. Pero por suerte nos equivocamos. Las balaceras, como llegaron se fueron, sin previo aviso, sin despedida, sin operativos federales. Y no, no es que las corporaciones policiacas hayan hecho su parte para obligar a los criminales a replegarse. Simplemente sucedió que la guerra que se libraba por el control de la plaza llegó a su fin con la imposición de un nuevo jefe y el aniquilamiento de los anteriores. La realidad de México y de muchos países del área es que cada territorio tiene un jefe que se encarga de controlar allende sus fronteras. El país entero está dividido en cárteles que operan geográficamente y cada tanto tiempo surgen pleitos entre algunos bandos que no respetan jerarquías ni derecho de antigüedad. Apenas la semana pasada detuvieron en Sonora a un personaje ligado al Chapo Guzmán, quien confesó que en ese estado del norte no existen secuestros ni extorsiones por derecho de piso por órdenes del Chapo Guzmán. Este personaje apodado El Camaleón se encargaba de garantizar que ningún grupo rompiera las órdenes de El Chapo, de tal forma que quien las infringía terminaba pagando las consecuencias. Los principales infractores de esa ley no escrita dictada por El Chapo son Los Zetas, quienes han sembrado el pavor en todo el país por su forma sanguinaria de entender el negocio del narcotráfico. En Michoacán La Familia ha hecho lo mismo, cerrar filas para evitar que Los Zetas se apoderen del territorio.

TODO PASA. A lo largo de los tres años que lleva la guerra del gobierno federal en contra del narcotráfico se habla de más 12 mil muertos, la gran mayoría pertenecían a las filas del propio narco. Cada día los noticiarios dan cuenta puntual del recuento de los daños: encajuelados, ejecutados, levantados, decapitados, desaparecidos, es la constante. Sin embargo la gran mayoría de los muertos forman parte de la propia criminalidad, y aunque tenían familia y amigos, murieron como tenían que morir, a consecuencia de sus propias decisiones. Por fortuna son muy pocos los casos de personas inocentes que han perdido la vida a manos de grupos criminales ligados al narcotráfico, aunque la cifra va en aumento. Irónicamente muchos de estos muertos se deben a la intervención de las fuerzas federales, porque si de algo tienen fama los narcotraficantes es de la eficacia que tienen a la hora de realizar sus ejecuciones. En Nayarit, como el gobernador Ney González lo señaló atinadamente, la gran mayoría de los muertos recientes formaban parte de los grupos criminales, y sólo unos cuantos inocentes han sufrido algún daño a consecuencia de los llamados riesgos colaterales.

NUESTRA PARTE. Por todo lo anterior, es evidente que en Tepic se está librando una sangrienta guerra por el control de la plaza, y de nada servirá que el ejército y la policía traten de intervenir. El poder de los grupos involucrados hace de esta una guerra de gran intensidad que sólo terminará cuando un bando se repliegue y ceda el territorio al otro. Ante este escenario, la sociedad civil tiene mucho qué hacer para no correr riesgos: no salir a la calle si no es estrictamente necesario. No circular por zonas de la ciudad identificadas como inseguras, como es la colonia del Valle y la Av. Insurgentes. No acudir a centros de diversión caracterizados por la concurrencia de personajes abiertamente involucrados en el negocio de las drogas. No circular en vehículos sospechosos que pudieran provocar una confusión. Denunciar de manera anónima a las autoridades correspondientes cualquier irregularidad que pudiera estar relacionada con los grupos de narcotraficantes que se disputan la plaza. Con tan solo seguir estas simples recomendaciones la inmensa mayoría de los tepicenses podrá salir ilesa de esta carnicería, con la certeza de que muy pronto esta violencia citadina se irá para permitir el retorno de la normalidad, lo cual, se los garantizo, ocurrirá muy pronto, porque ninguna de estas guerras es de larga duración.

POSDATA. Buscar culpables en estos momentos es perder el tiempo, porque se trata de un problema generado a lo largo de muchas décadas. El país, el mundo entero, está inmerso en el mundo de las drogas, empezando por Estados Unidos, que es el principal país productor de marihuana y el principal consumidor de cocaína de todo el mundo. Mientras tengamos ese enorme mercado demandante en nuestra frontera norte difícilmente podremos acabar con el problema del narcotráfico. Es la rígida ley de la oferta y la demanda.

VOX POPULI. Lo verdaderamente grave es la enorme base social que el narcotráfico tiene en nuestro país, donde la cultura del narco está profundamente enraizada en muchos estados de la república. Los jovencitos, hombres y mujeres, son víctimas fáciles de este flagelo que les promete más diversión y beneficios en el corto plazo que cualquier política de gobierno en el largo plazo. Acabar con el narcotráfico no será posible a punta de balazos, sino mediante programas sociales que cambien nuestra cultura desde sus raíces. Y ahí es donde muchos padres no hemos hecho la tarea, lanzando a las calles a jóvenes indefensos ante los embrujos del dinero fácil y el poder mal concebido.

 

 

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