El Sol Naciente llora...

- Mar 21, 2011

>Mi fascinación por Japón empezó en mi juventud, cuando una novela de Yasunari Kawabata, quien después fuera premio Nobel de Literatura, me reveló sutilezas y profundidades que en ese entonces asombraron a mi alma.

La vida me llevó a visitar ese país unos meses después, y la belleza de Kioto, la ciudad imperial, Patrimonio de la Humanidad, hizo que intentara comprender la percepción estética de ese pueblo.

El ikebana, y su relación con las flores. El kabuki y el Noho, y su otra dramaturgia.

Fue la estética, los jardines zen, lo que me impulsó en la búsqueda del ser japonés, de esa personalidad orgullosa y compleja, con una noción del honor difícil de comprender para la cultura occidental. Admiradora de sus novelistas, de su poesía, de ese gigante de la cinematografía, Akira Kurosawa, que en Kagemusha reflejó en la pantalla grande la época de los shogunes, tan lejana y tan siempre presente.

Y las casas de madera y de papel de arroz. Y el tatami. Y el respeto por los niños, y los viejos. Y la guerra, e Hiroshima. Y el horror.

Y ese pueblo generoso, esforzado, laborioso; ese pueblo que después del horror de la guerra, fue de nuevo la potencia electrónica del mundo, la potencia automotriz, con los trenes de pasajeros más veloces de la tierra, y una cultura alimentaria que penetró en todas las latitudes.

Y los científicos, y Tokio, la urbe vertical más populosa del orbe, la transculturación, y el Occidente y el Oriente, y Estados Unidos, y Japón, y Japón, y Japón.
El Sol Naciente llora. Lágrimas de sol vueltas lluvia y tormentas, y el viento del cosmos, sorprendido, se convierte en huracanes y tsunamis.

Y los japoneses, y la muerte.

La muerte que se ensaña con ese pueblo laborioso y profundo, con ese pueblo sufrido y noble. No la muerte digna y honrosa del haraquiri voluntario, por principios. No la muerte heroica del kamikaze por la patria. No. La muerte artera, traicionera, la de una bomba que no se merecían. Un pueblo quieto en Hiroshima, que pagó las decisiones equívocas de la impiedad de la guerra. La muerte artera y abusiva, que en una ola gigante engulle y ahoga varios miles de vidas humanas, y nos recuerda de la fuerza del mar, y de la fragilidad de nuestra especie.

Es evidente que admiro al pueblo japonés. Aunque la historia del papel subordinado de las mujeres me desconcierta, no deja de generarme una enorme admiración la capacidad de sobreponerse a las desgracias colectivas que han demostrado en su devenir. No sé cómo viven su realidad contemporánea las nuevas generaciones de japoneses y japonesas; no sé qué tanto el episodio con personajes japoneses de la película Babel proyecta algo de la nueva realidad social del Japón contemporáneo.

Y aunque en época reciente he ido a Tokio, difícilmente se puede penetrar el alma de una sociedad en un rápido vistazo, un alma recubierta por los extensos y sedosos pliegues de un quimono imperial. Pero lo cierto es que, movidos por su concepto milenario del honor, o por la visión sincrética Oriente-Occidente de las generaciones de la posguerra, deseo intensamente que tengan la fortaleza necesaria para enfrentar, una vez más, la desgracia, ahora representada por la furia de la naturaleza.

La tragedia japonesa subraya la urgencia de tomar medidas que enfrenten el cambio climático, y una estrategia universal de apoyo y respaldo a los países que padecen desastres naturales. Es hora de que la comunidad internacional destine recursos para un fondo que apoye inmediatamente a los países que enfrentan catástrofes que, además del dolor irreparable de pérdidas de miles de vidas humanas, ponen en crisis las economías, destrozan la infraestructura, acaban, pues, con el ahorro social de sucesivas generaciones.

Toda la solidaridad para el pueblo japonés. Que las elevadas cumbres del Fuji contemplen la recuperación de la sociedad de ese gran país. Que la risa del Sol Naciente ilumine al mundo.

correo@beatrizparedes.org

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