>• Sin estar ligados a acciones ilícitas, pagaron un alto costo por la lucha que emprendió el gobierno federal contra la delincuencia organizada, la cual les cambió la vida radicalmente
“Si fuera hijo de un político ya sabría quién me hirió” La noche del pasado 22 de abril, Leonel Carrillo y un amigo, ambos de 16 años, regresaban a casa en una camioneta luego de participar en un juego de futbol rápido, en Ciudad Cuauhtémoc, a 90 kilómetros de la capital de Chihuahua.
Esa tarde, el cuartel de la Policía Federal había sido atacado por un comando que pretendía rescatar a un detenido. Cuando Leo y su amigo pasaban por el lugar encontraron decenas de policías y soldados; se habían instalado barricadas y unas 20 patrullas con las torretas encendidas.
Al ver el alboroto, los adolescentes temieron que hubiera algún enfrentamiento y decidieron regresar por la misma avenida que transitaban.
Todavía no alcanzaban a dar la vuelta en “U” cuando comenzaron a escuchar disparos de todas direcciones.
“Se oía como cuando comienza a llover y estás debajo de un techo de lámina, pero eran las balas que atravesaban de lado a lado la camioneta”, relata el joven sentado en la sala de su casa, un espacio mediano de decoración minimalista y paredes blancas.
Leonel es una víctima colateral de la guerra contra la delincuencia. Sin tener nada qué ver con bandas criminales su vida fue afectada y su futuro cambió drásticamente.
Cuenta su historia sonriendo, como si no se tratara de un relato triste. “Siempre anda alegre, las pocas veces que he visto que se ha deprimido es cuando cae en cuenta que ya no puede jugar videojuegos, que le gustaban mucho”, menciona su papá, Leonel Carrillo.
En la balacera de aquella noche, en unos cuantos segundos, Leonel vio cómo su brazo derecho se desprendió del cuerpo tras recibir un impacto.
Con poca claridad recuerda que un hombre con pasamontañas lo bajó del vehículo y comenzó a patearlo junto con otros. Quizá hasta que vieron la sangre y que se trataban de prácticamente unos niños se detuvieron.
“Estaba muy oscuro, no supe si eran soldados o policías, llevaban la cara cubierta”, dice. Tras la agresión, los atacantes se retiraron y los soldados los ayudaron a que recibieran atención médica. Jamás les dijeron quiénes fueron los responsables.
Tras permanecer un mes internado en la ciudad de Chihuahua fue trasladado a Monterrey, donde recibió atención por otras tres semanas.
Desde entonces, los Carrillo han tocado puerta tras puerta buscando justicia: que se determine legalmente quién disparó en su contra y se haga responsable de los gastos originados por el ataque.
Aunque todo indica que la agresión fue por parte de policías estatales o federales, los órganos gubernamentales le dan la espalda y rechazan otorgarle cualquier tipo de ayuda.
La Procuraduría General de la República se niega a proporcionar información de las indagatorias, e incluso los agentes han sido groseros con el padre de Leo.
El gobernador César Duarte no ha recibido a la familia del estudiante de preparatoria con especialidad en electrónica. “Sus guardias ni siquiera nos dejaron acercarnos a él”, comenta el padre de Leonel.
Mientras que el alcalde de su ciudad, Israel Beltrán, le dijo que lo único que podía hacer era enviar una carta al gobernador pidiéndole que revisara el caso. “Ya perdimos la esperanza, aquí nadie nos hace caso, le destrozaron la vida a mi hijo”, comenta su papá.
Una hermana de Leo que vive en Houston llevó su caso ante la organización de médicos Shriners, la cual se comprometió a revisar el caso y de ser aprobado por su comité le colocarán gratuitamente una prótesis, que tiene un costo de casi 10 mil dólares.
En tanto, Leo poco a poco trata de recuperar su vida cotidiana. Sigue practicando su mayor afición: la patineta. De nuevo se integró al equipo de futbol rápido y “ya casi escribe bien con la mano izquierda”, según dice.
Con sencillez, pero mucha seguridad, dice avizorar que una compañera de clases que “tiene en la mira” dentro de poco será su novia. A pesar de su optimismo, está consciente que nada será igual. “Estoy vivo y eso es lo más importante, hace poco una muchacha de mi edad se murió de un balazo igual al mío, eso me hizo pensar mucho y sentir que debo echarle ganas”.





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