“Sólo me queda robar o prostituirme”

- Sep 26, 2011

>• La historia de Elena es la de muchos golpeados por la austeridad

Madrid.- Elena Parrondo tiene 42 años, cuatro hijos y una deuda millonaria por una hipoteca que contrajo hace 10 años. También tiene un marido, José María Álvarez, de 45 años, sin trabajo y con una depresión diagnosticada.

Ella tampoco tiene empleo. Son una del más de un millón 300 mil familias que hay en España con todos sus integrantes sin trabajo. También son dos de las más de cuatro millones 130 mil personas que hay en España sin empleo, un país que tiene la tasa 20% más alta de toda la Unión Europea.

La pareja vive con el subsidio que recibe él de apenas mil 500 dólares al mes. Pero la ayuda estatal se acaba dentro de ocho meses.

Llevan meses sin pagar la hipoteca y temen que el banco cumpla sus amenazas, les embargue la casa y les quiten la custodia de sus cuatro hijos por no poder mantenerlos. Están desesperados. “La hipoteca pasó de 500 euros a 900, así que decidimos dejar de pagarla porque si no comíamos”, relata Elena. “Pero tenemos miedo porque el banco nos amenaza constantemente y, sobre todo, porque llevamos años buscando trabajo. Ni siquiera nos llaman para entrevistarnos, y cuando se acabe el subsidio de mi marido no sé de qué vamos a vivir”, añade.

“Robar o prostituirme. No veo otra forma de sacar adelante a mis hijos”, cuenta Elena en charla con EL UNIVERSAL, en un bar cercano a su casa en Meco, una localidad ubicada a 40 kilómetros de Madrid.

Elena y José María son dos ejemplos de cómo está afectando la crisis económica en España tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, que ha provocado que miles de personas hayan perdido sus ahorros, su vivienda y que, además de estar arruinados, tengan deudas millonarias.

Hace apenas ocho años, José María ganaba 2 mil 800 euros al mes trabajando en la construcción y ella más de mil de dependienta en una tienda. El país vivía un boom inmobiliario sin precedentes. Se construían viviendas sin parar, los bancos daban créditos sin pensárselo mucho y la mayoría de la población optaba por comprar en lugar de rentar. El peso de la construcción en el PIB español pasó de 11.7% en 1996 a entre 25 y el 35% en 2007.

Eran años de bonanza económica y la pareja no tenía ningún problema para pagar los 500 euros de la hipoteca de la casa que habían comprado. Era tan holgada su situación que decidieron pedir un nuevo préstamo para hacer unas obras y que ella dejara de trabajar para ocuparse de los niños. En 2007, José María vio cómo su sueldo se empezaba a reducir y su hipoteca empezaba a aumentar por la subida de los intereses. Ya no le requerían para hacer horas extras ni para trabajar los fines de semana. “En lugar de pagarme a mí 200 euros por trabajar un sábado, la empresa contrataba gente nueva por mucho menos dinero”, relata.

 2007, el año clave

En el año 2007 se produjo el estallido de la burbuja inmobiliaria. José María dejó de trabajar los fines de semana y dejó de viajar, por lo que su sueldo se redujo y pasó de cobrar 2 mil 800 euros mensuales a 2 mil, luego mil 600 hasta que el año pasado su empresa le despidió a él y a 40 trabajadores más.

“Llevo trabajando desde los 14 años y nunca había estado desempleado”, relata. “Siempre había empalmado un trabajo con otro y en la última empresa de construcción en la que estuve ocho años, lo habitual era que faltara mano de obra. Por eso cuando me quedé sin trabajo pensé que sería fácil colocarme”, añade.

Pero se equivocó y a los pocos meses se dio cuenta de que la crisis era más grave de lo que nadie imaginaba, y de que no sólo las empresas de la construcción no buscaban gente, sino que continuaban los despidos, miles de obras se paralizaban por falta de dinero y millones de familias perdían el empleo. Como él, sólo en el primer trimestre del año 2009 unas 880 mil personas perdieron su puesto de trabajo.

Ahora José María lleva casi un año parado. “He buscado por todos los sitios y no me ha salido nada. Yo estaría dispuesto a hacer lo que fuera. He sido transportista, pintor. Sé manejar grúas. Aceptaría cualquier trabajo”, asegura.

La situación de su mujer es peor porque lleva tres años parada y no cobra subsidio de desempleo. “A mí ni siquiera me llaman para entrevistarme. Yo creo que es por la edad. Ya no quieren gente mayor de 40 años”, asegura. Ella también estaría dispuesta a aceptar cualquier empleo, aunque reconoce que con la crisis mucha gente se está aprovechando y ofrecen salarios “de miseria”. “Mucho menores que el Salario Mínimo Interprofesional (que en España está en 641 euros al mes en 14 pagas) y sin Seguridad Social”.

Elena reconoce que ni ella ni su marido duermen por la noche. “Nos pasamos toda la noche en vela y sólo conseguimos dormir si nos tomamos pastillas”. Ella teme que su marido pase de tener una depresión a no querer salir de la cama. “Si él se hunde yo me voy a hundir también, porque no voy a ser capaz de tirar del carro sola”, dice entre lágrimas.

Entre ansiolíticos y antidepresivos

Al igual que José María son muchas las personas que a causa de la pérdida de trabajo y de la falta de oportunidades se han visto obligadas a consumir antidepresivos y ansiolíticos. Desde julio del 2008 hasta julio de este año, el consumo de estos medicamentos en España ha crecido 16%, según la consultora IMS Health. También se han reducido las bajas laborales en estos últimos años en casi 40% por miedo a perder el trabajo. Según los médicos, ahora el empleado que padece alguna patología generada por el estrés no se atreve a ausentarse del trabajo, lo que provoca que su enfermedad se agrave porque la ansiedad se incrementa.

El caso de Cármen

La situación de Cármen Rivero también es dramática. A sus 51 años está separada y tiene dos hijos de 17 y 22 años. También tiene una deuda millonaria, porque igual que la familia Álvarez se vio obligada a dejar de pagar al banco la hipoteca de su casa cuando se quedó sin trabajo hace cuatro años.

Igual que Elena y José María, cuando llegó la crisis, para poder pagar la deuda intentó vender el piso, “incluso por menos de lo que me había costado, pero nadie lo quiso comprar”, relata.
Cármen vive con 426 euros, que es una ayuda que da el Estado a los parados de larga duración con hijos a su cargo. Es su único ingreso, porque su marido no le pasa dinero. Cada dos meses la ONG Cáritas le llama y le da algo de comida. “Los servicios sociales y las ONG no tienen medios y se producen situaciones tan absurdas como que en lugar de darme leche y galletas para mis hijos me dan bombones caducados”, cuenta.

Su situación es tan difícil que ha pedido al juez que sus hijos vivan un mes con su padre y otro con ella porque no puede mantenerlos. “Ellos no quieren porque desde que me separé de mi marido han vivido siempre conmigo, pero yo no tengo ni para darles de comer”, reconoce. Cármen, que no tiene estudios pero ha trabajado desde los 14 años cuidando niños y ancianos, en labores de limpieza, de cajera y de dependienta, nunca pensó que acabaría viviendo de la caridad.

“Sólo me queda ser prostituta y no lo voy a hacer, pero he visto cómo algunas de mis amigas lo han hecho para poder dar de comer a sus hijos”, reconoce.
Cármen va al supermercado una vez a la semana y compra lo mínimo. Y siempre que puede se va a comer a casa de su madre, que es pensionista, para ahorrar. En ropa no se gasta más de dos euros y la compra en las tiendas de chinos. Dice que siente pánico cuando abre el buzón de su casa por si se encuentra facturas “porque hay que pagarlas ya que sino te cortan la luz, el teléfono y el agua”.

También tiene miedo a ponerse mala, “porque el paracetamol sólo cuesta un euro pero para mí es mucho dinero”. Su hijo Iván, que ha estudiado artes gráficas, tampoco encuentra trabajo como la mayoría de los jóvenes de su edad.

Según datos del Ministerio de Trabajo, en España el 43.61% de los menores de 30 años no tiene empleo. “En este país no hay futuro. Ni para los que somos mayores de 50 años a los que el mercado laboral ya no nos quiere, ni para los jóvenes. Lo que no entiendo es cómo no salimos todos a la calle a protestar. La Constitución dice que todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna y a un puesto de trabajo. Y somos millones las personas que no tenemos ninguna de las dos cosas. Si yo tuviera 20 años me largaría, porque aquí no hay futuro para nadie”, sentencia Carmen. “Yo ya no puedo más”, concluye.

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