>México.- El mundo de los inmigrantes, sus condiciones, sus objetivos al llegar a un país, el desafío que tuvieron durante los primeros años en una tierra ajena y lejana, la realidad que encontraron.
El lugar que dejaron atrás y las expectativas hacia aquel al que llegaban. EL UNIVERSAL procuró los testimonios de personas que han inmigrado a México sobre cuál ha sido su experiencia en nuestro país.
En diciembre del año 2000, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), al considerar que existe un importante número de inmigrantes en el mundo, y que esa cifra continúa incrementándose, proclamó el Día Internacional del Migrante.
Se consideró entonces que la migración internacional es un fenómeno creciente y que podía aportar una contribución positiva al desarrollo tanto en los países de origen como en las naciones de destino, pero con la condición de que esta migración fuera respaldada por las políticas adecuadas. Insistieron, además, en que el respeto a los derechos y las libertades fundamentales de todos los migrantes era fundamental para que se obtuvieran los beneficios de la migración internacional. Y también reconocieron la importancia del fortalecimiento de la cooperación internacional en materia de migración internacional a nivel bilateral, regional y global.
Aquí presentamos sólo tres de esas historias. - Una pareja que rinde culto a la UNAM Algunos inmigrantes llegaron solo con lo que traían en una maleta.
Tal es el caso de los padres del arquitecto Alfonso Murray, primeros colonos japoneses de origen, que arribaron primero a Chiapas en 1920 y luego se trasladaron a Orizaba, Veracruz (primera generación de japoneses en México).
“Si bien la inmigración japonesa en México inició en 1897, fue a partir de 1888 cuando se cimentaron las bases para dicha inmigración”, comenta el arquitecto Murray. Venían huyendo de la Segunda Guerra Mundial, y no quedaba nada mejor que buscar futuro en otro país. Pertenecieron a las primeras familias y generaciones de japoneses que arribaron a México para trabajar en tierras cafetaleras.
“En esa época México no contaba con mano de obra calificada”, agrega Murray. A diferencia de otras migraciones al territorio mexicano, la japonesa fue apoyada y promovida por el gobierno del país de origen (en este caso, Japón), y esta se suscitó de manera planificada y con un amplio seguimiento por parte del gobierno nipón. En México nacieron tres de sus hijos, la segunda generación de ascendencia japonesa, y uno de ellos fue el arquitecto paisajista Alfonso Murray, un hombre actualmente de 72 años, que ha fincado su quehacer en la palabra honestidad, tal como asegura le inculcaron sus padres.
A su decir, siguió los principios de sus padres para coexistir de manera ordenada y productiva en México, pese a las adversidades y condiciones precarias en las que llegaron.
“Mis padres abrieron brecha. Y nosotros como hijos debíamos seguir los preceptos que nos habían inculcado en casa, entre otros: el respeto (sonkei, uyamau); la honestidad, honradez, sinceridad e integridad (shoojiki); la responsabilidad y rectitud (giri); la solidaridad, el servicio, la cooperación, la generosidad (rentai, ninjoo); la laboriosidad, el emprendimiento, la superación, la perseverancia (kinben); la armonía, el orden, la unidad (wa, otagai); la confianza, el optimismo y la fe (shin’yoo); la gratitud (kansha, ongaeshi), así como la lealtad y fidelidad (chuujitsu).
Alfonso Murray reconoce que México le ha dado todo cuanto tiene, y “no cambiaría este país por nada” —ya le han ofrecido trabajo en otros países del mundo al ser un reconocido arquitecto paisajista—. Se dice muy afortunado por su formación como arquitecto en la UNAM, y después en lo profesional. “Nos abrieron las puertas, y los mexicanos nos hicieron pasar”, asegura. Hoy le preocupa la situación de violencia que se vive en el país, circunstancia que se ha reflejado en una disminución de inversiones japonesas en territorio mexicano. Sus dos hijos se graduaron en la UNAM, uno es arquitecto, tiene 40 años, y el otro estudió mercadotecnia, tiene 39. Alfonso Murray y Graciela Abe tuvieron un hijo más que murió en un accidente automovilístico en México.
Para su esposa, la señora Graciela Abe, odontóloga por la UNAM e hija de japoneses, México ha sido “la patria total” en la que han nacido y crecido sus hijos. Ella ha fincado sus valores y el de su familia en el reconocimiento del valor de todos y cada uno de los seres humanos para poder comprenderlos y aceptarlos.
A sus hijos les ha transmitido actuar siempre con la verdad, manifestar los propios sentimientos con autenticidad y claridad, sin complicaciones ni falsedad o engaño. Graciela (Kyoko) Abe está por cumplir 50 años como profesora en la UNAM y dice que, aunque han tenido ofertas para mudarse de país, ellos no dejarían México por nada, pues sus raíces ya están aquí. “México es la maravillosa tierra a la que llegaron nuestros padres (su madre tiene 93 años); es la tierra con el mejor clima del mundo, la tierra donde vamos a morir”, dice. Alfonso Murray y Graciela Abe se conocieron por un grupo de amigos que viajaron a Japón para trabajar en un despacho de arquitectos en Tokio.
“La conocí, y a los pocos meses nos casamos”, dice el arquitecto Murray mientras mira a Graciela, como si ella supiera los secretos más íntimos de su vida. Eso parece. Para este matrimonio es fundamental la sobriedad en el modo de vivir y trabajar.
“La comunidad japonesa está constituida por aproximadamente 15 mil personas. Si alguno de nosotros actúa mal, no solo se desprestigia nuestra comunidad, sino el tributo que debemos a México como país”, concluye el arquitecto Murray, quien ha sido presidente de la Asociación Nisei de México, del Instituto Cultural Mexicano-Japonés, México-Biwako no kai; de la Sociedad de Arquitectos Paisajistas de México y de la Asociación México-Japonesa. Es organizador de una peregrinación que se celebra en octubre de cada año a la Basílica de Guadalupe. Ya son 60 años consecutivos de realizarla, donde cientos de japoneses radicados en México honran a la Virgen de Guadalupe.





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