Alberto Salcedo: “escribimos para notificar que existimos”

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- Ene 2, 2012

>Contar historias es lo suyo. Siempre lo ha sido. Desde que era niño descubrió que las palabras salvan y ayudan a combatir al olvido.

Desde pequeño se contagió de lo que él mismo llama el “síndrome de Sherezada”, la protagonista de Las mil y una noches que salvó su vida contando cuentos. Lo que narra Alberto Salcedo Ramos no son invenciones, son relatos que rescatan del anonimato a personajes que “no aceptan la derrota como destino”, son crónicas sobre la vida de su país: Colombia.

El cronista Alberto Salcedo utiliza las herramientas del periodismo y la narración literaria para contar historias como la de Juan Sierra Ipuana, “palabrero” de la etnia wayúu, encargado de mediar en los conflictos interfamiliares; la de Salomón Noriega “Chivolito”, un hombre cuyo oficio es contar chistes en los velorios; o la de Bernardo Caraballo, el campeón sin corona de Colombia.

Su mirada de periodista narrativo también se ha centrado en contar cómo se entrenan los soldados colombianos en el Batallón de Alta Montaña; cómo es la vida de los mutilados por las minas antipersonales y cómo es posible vivir en El Salado, ese pueblo que supo lo que es una masacre el 18 de febrero de 2000.

Estas historias y otras (en total 27) se reúnen en La eterna parranda. Crónicas 1997-2011. El libro, que va en su segunda edición, es un buen pretexto para hablar con este colombiano -autor de otros cinco libros y maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano- que a la menor provocación suelta una historia.

Por algo, el cronista estadounidense Jon Lee Anderson dice de él: “Alberto Salcedo Ramos es un cronista de cronistas. Conoce su país desde las entrañas, y nos lo cuenta con una pasión manifiesta por el arte de narrar. Sus crónicas me hacen pensar en esas épocas pasadas en que los viejos contaban historias alrededor de las fogatas, y así, con sus cuentos, le inculcaban sabiduría a sus tribus”.

No sé si Jon Lee Anderson conozca el pasado de Alberto Salcedo. Pero este cronista nació en Barranquilla y se crió en un pueblo llamado Arenal, en la región de la costa colombiana. Ahí, en Arenal, Alberto creció mirando cómo la luz abandonaba su pueblo a partir de las seis de la tarde, cómo el agua era escasa. Para combatir los apagones, su familia y vecinos sacaban las mecedoras a las terrazas y empezaban a hablar, a contar historias. “Se aferraban a sus propias palabras”, recuerda el cronista que desde entonces aprendió que a través del lenguaje, “a través de la palabra, uno podía ayudarse a vivir mejor”.

Salcedo Ramos alimentó las ganas de narrar historias en esas sesiones de palabras contadas a oscuras.

Los primeros intentos de escritura de este cronista -recuerda- fueron guiones de telenovelas.

Tenía algo así como nueve años: “Veíamos telenovelas venezolanas y mexicanas. Y yo escribía guiones. Llamaba a los muchachos, a los niños del barrio, y los ponía a que las escenificaran. Yo mismo los dirigía”.

Arenal era un pueblo sin biblioteca. A Salcedo Ramos le hubiera gustado crecer con Víctor Hugo, Diderot o Balzac. Pero él creció en una casa donde en lugar de libros, había monturas de caballo y alambres de púas para construir cercas.

Alberto vivía en la casa de su abuelo. Y su abuelo era ganadero.

En ese hogar sólo había un libro: Historias sagradas. “Pasaba horas leyéndolo. No sé de dónde salió, pero estaba ahí y yo lo leía”.

Los adultos que miraban al niño Alberto leyendo con tanto afán decenas de historias bíblicas juraban que algún día sería sacerdote. “¡Uy a éste le gusta la palabra de Dios!”, decían. Nada de eso. “Lo que me gustaba, lo que me cautivaba, eran las historias que ahí estaban contadas”.

Alberto también leía cómics. Su mamá se los compraba. Cuando ya se conocía la historia, los alquilaba a los otros niños del barrio: “Colgaba una cuerda en la casa y entonces ponía todos los cómics ahí. Si los leían en mi casa, tenían un precio; si se los querían llevar a su casa, tenían otro”. Colombia como inspiración

En la adolescencia, Alberto Salcedo Ramos pensaba ser novelista. “Pero cuando llegó el momento de decidirme por una carrera profesional, los adultos de mi casa me hicieron temer. Me dijeron que como escritor de ficción me iba a morir de hambre. Entonces, estudié periodismo creyendo que era algo transitorio, que sólo estaría ahí de paso mientras me volvía escritor de ficción. Pero cuando empecé a ejercer el periodismo caí en la trampa de que eso me gustaba. No me sentí a préstamo, sino que estaba en un lugar donde quería estar”, comenta el cronista.

Y ahí se quedó. En el periodismo narrativo. Y ahí seguirá, promete, porque a diferencia de otros periodistas narrativos que migran a la literatura, Salcedo Ramos quiere dejar su ancla en la crónica:

“Yo quiero seguir siendo un cronista. La crónica es una manera de contar la realidad, es una manera de conocer la condición humana, de penetrar en la psique de las personas, de conocer el país al que uno pertenece y mostrarlo a los demás, contárselo a los demás. La crónica le permite a uno investigar como los periodistas y escribir como los escritores. García Márquez la definió como ‘un cuento que es verdad’. Por eso me gusta”. Alberto Salcedo Ramos es un hombre de memoria prodigiosa. Es capaz de citar líneas completas de novelas, poemas, cuentos o crónicas. Su conversación siempre está salpicada de bromas, frases e historias. Como ésta que suelta cuando explica por qué Colombia es un semillero de cronistas:

“En Colombia había un narco que tenía orden de captura del gobierno de Estados Unidos. Él sabía que cuando lo capturaran iba a ser extraditado. El narco averiguó y descubrió que tenía un homónimo; tenía el mismo nombre y los dos apellidos. Lo mandó matar y presentó esa muerte como el entierro de él mismo. Se regó el rumor de que ese narco había muerto. Años después se supo que andaba por ahí, vendiendo droga... La realidad de Colombia nos predispone para las historias. Los hechos que suceden en Colombia estimulan nuestro instinto de dejar un testimonio”. 

Salcedo Ramos busca contar a Colombia más allá de los estereotipos. Él dice que escribe para averiguar “no solamente cómo es mi país, sino como soy yo”. Y la mejor forma de narrar la historia de un país como Colombia -golpeado por el narcotráfico, la guerrilla, la violencia y con personas que se reinventan todos los días- es a través de la crónica. -Ha dicho que cuando era niño, en Arenal, descubrió que contar historias es una forma de poder.

-Sí. Contar historias es tener la capacidad de hipnotizar, de encantar, de convocar. El ejemplo que se me viene a la cabeza es el de Sherezada. Cada historia que ella contaba le daba un día más de vida. El sultán no la mata porque quiere seguir oyendo los cuentos. Los contadores de historias, en cierta manera, tenemos el “síndrome de Sherezada”: nos queremos salvar de las amenazas que se ciernen sobre nosotros utilizando como escudo las historias que escribimos.

-Alberto Salcedo, el contador de historias: ¿de qué se quiere salvar?

-De la indiferencia de los demás. Escribimos para notificarles a ciertas personas que existimos y hacer que se fijen en nosotros.

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