>Las paredes de diversos recintos del primer cuadro de la Ciudad de México, ya sean públicos o privados, acogen una vasta riqueza de pintura mural.
Con la autoría de grandes muralistas y algunos poco conocidos, los frescos en su conjunto conforman un rico acervo cultural que, ya sea por su restringida ubicación, por su desconocimiento o por que ya forman parte del paisaje cotidiano, pasan desapercibidos a la vista de los transeúntes del Centro Histórico.
El inmenso acervo patrimonial muralístico en el país es tal, que tan sólo en el Centro Histórico de la capital mexicana existen más de 20 recintos que resguardan grandes dimensiones de pintura mural.
Ubicados en mercados, hospitales, iglesias, museos, edificios de gobierno y andenes del Metro, buena parte de estos frescos cuenta la historia de los muros que lo soportan; son el testimonio de una época y forman parte del legado cultural de la ciudad.
Más allá de los ya conocidos murales de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, localizados en el Palacio de Bellas Artes, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en el edificio de la Secretaría de Educación Publica o en el Palacio Nacional, existen otros que apenas figuran en los usuales mapas turísticos o que son ignorados por que se desconoce su valor patrimonial.
De acuerdo con Laura López Orozco, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, mientras que las grandes firmas se mantienen mejor conservadas, gran parte de la obra de artistas como Pablo O’Higgins, Máximo Pacheco, Jorge Enciso, Gabriel García Maroto,
Roberto Montenegro, Leopoldo Méndez, Alfredo Zalce y Fernando Gamboa, que estaban en escuelas y mercados, se han perdido por falta de mantenimiento y, principalmente, por el desconocimiento de su valor artístico y cultural.
Piezas que embellecen lugares
Poco conocido es, por ejemplo, el fresco que José Clemente Orozco pintó en los años 40 en el templo de Jesús Nazareno, que hoy se encuentra en plena rehabilitación. El fresco La gran Meretriz es considerado uno de los grandes ejemplos del estilo de este artista.
A unos metros de este recinto religioso, al adentrarse al complejo del Hospital de Jesús, entre el jardín y los antiguos muros de este histórico edificio, es posible apreciar cerca de 70 metros cuadrados de pintura mural que cuentan la historia de la medicina, desde la época prehispánica hasta después de la Conquista.
Realizado en dos etapas, una en 1981 y otra en 1991, el fresco La historia de la medicina desde la época precortesiana, del pintor Antonio González Orozco, cubre buena parte de las paredes del primer piso de este edificio, construido en 1524 a petición de Hernán Cortés.
Al igual que la obra de González Orozco, que está únicamente a la vista de los trabajadores del nosocomio, de los pacientes y de sus familiares, en la calle de Motolinia número 11, se erige un edificio de fachada moderna que desde 1992 ocupa las oficinas centrales de la
Procuraduría Agraria. Este complejo administrativo alberga dos murales del artista boliviano Roberto Berdecio: Dioses prehispánicos de la agricultura y El hombre y el maíz, cuya apreciación se limita al personal que ahí labora.
Los frescos que el artista plasmó en 1964, en el antiguo edifico del Banco Nacional de Crédito Rural, embellecen los espacios que actualmente ocupan el salón de usos múltiples, en el séptimo piso, y el área de audiencia campesina, en la planta baja.
Aunque un poco más accesible, está el fresco Revolución, de Rufino Tamayo. En el edificio de Moneda 16, sede de la Subdirección de
Laboratorios y Apoyo Académico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en cuyas escaleras se aprecia el fresco que retrata la rebelión de las clases obrera y campesina contra la burguesía, pintado por el oaxaqueño en los inicios de su carrera.
Arte para el pueblo
En otro contexto, para disfrute de los lectores y amantes de los libros, se ubica el complejo muralístico que embellecen los muros la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada. Las paredes de este edificio histórico, construido en el siglo XVII, están tapizadas de imágenes referentes a las revoluciones sociales en todo el mundo, que el pintor ruso-mexicano Vladimir Kibalchich (Vlady) plasmó en 2 mil metros cuadrados. Vlady trabajó en esta obra monumental, La revolución y los elementos, de 1972 a 1982.
En su fachada, la Casa de los Condes de Miravalle (Isabel La Católica 30), atesora el mural El Holocausto, de Manuel Rodríguez Lozano, que es una de las pocas pinturas murales que el artista realizó. Actualmente el fresco no está a la vista del público por la remodelación del inmueble.
Más a la vista de los turistas están los murales que tapizan las paredes de la Casa de los Azulejos: Los Pavorreales, que el pintor húngaro “Pacoloque” realizó en el siglo XX, y Omniciencia, de José Clemente Orozco.
Aunque un poco alejados de las principales calles del Centro, la serie de murales que resguarda el Mercado Abelardo Rodríguez conforman un gran legado cultural y artístico.
De este complejo arquitectónico, que incluye el Teatro del Pueblo, una escuela, una biblioteca y un centro comunitario cívico, lo más llamativo son sin duda los murales situados en las entradas principales, vestíbulos, patios y pasillos de este mercado, inaugurado el 24 de noviembre de 1934, por el entonces Presidente Abelardo L. Rodríguez.
Bajo la dirección de Diego Rivera, Ángel Bracho, Pablo O´Higgins, Isamu Noguchi, Marion y Grace Greenwood, entre otros, plasmaron ahí sus obras a fin de llevar el arte al pueblo.





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