El poder del dinero

- Feb 19, 2012

>Washington.- Es la guerra más abierta y oscura en la historia de las elecciones en Estados Unidos. La disputa por el bolsillo y respaldo de los multimillonarios ha reducido el actual proceso electoral a una simple y obscena puja por el poder y la influencia, donde los denominados “súper PACS” (Súper Comités de Acción Política) han llegado para trastocar el viejo principio democrático de “un hombre, un voto”.

Tras el fallo histórico de la Suprema Corte en 2010, en el que se estableció que el gobierno no puede prohibir que las empresas, los sindicatos y otros hagan gastos en política para influir en las elecciones, un puñado de corporaciones y otros donadores multimillonarios se han erigido en poderosos “agentes del cambio” que operan tras bambalinas para defender sus intereses en un proceso que promete marcar un antes y un después en las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre.

A pesar de las advertencias de que el fallo del máximo tribunal impulsaría una desigual competencia entre los ciudadanos de a pie y los grandes intereses corporativos, y no obstante las protestas del presidente Barack Obama —quien lamentó que con ese fallo se daría “luz verde a una nueva estampida de dinero [de grupos] de intereses especiales”—, el poder del dinero ha llegado para quedarse y dejar a merced del mejor postor el actual proceso electoral que culminará en noviembre.

Cuando hace dos años el presidente Obama aseguró que unas elecciones deberían ser decididas por los ciudadanos y no por intereses corporativos, nadie creía que su campaña para la reelección terminaría por arrojar la toalla y seguir el ejemplo de los republicanos que, temerosos de la avalancha popular que se volcó e hizo posible la victoria demócrata en el 2008, alentaron el polémico fallo de la Suprema Corte para permitir el concurso de los grandes intereses corporativos que les han cobijado mientras ellos dinamitaban la “agenda del cambio” de Obama.

“No vamos a pelear con una mano atada”, justificó el principal responsable financiero de la campaña Obama, Jim Messina, al insistir en que la decisión de ir por los fondos del gran capital tiene como objetivo evitar que los demócratas se queden inermes ante el torrente de recursos que los grupos de presión y corporaciones que gravitan en la órbita republicana han prometido para sumarse a unas elecciones que han presentado como “la madre de todas las batallas”.

Pero las explicaciones de la campaña de Obama no han convencido a quienes, desde organizaciones independientes, habían defendido la necesidad de evitar la influencia del poder corporativo en el proceso electoral. “Esta ha sido una decisión que ha desanimado a algunos de sus más incondicionales militantes del Partido Demócrata y a quienes les preocupa el poder de corrupción del dinero en la política”, consideró Thomas Mann, de Brookings Institution.

“Mi opinión personal es que este cambio de actitud del presidente, aunque lamentable, ha sido inevitable”, añadió Mann en alusión a la desigual lucha por el poder que enfrentaría Obama sin el apoyo de los más ricos y poderosos en la recaudación de fondos que serán administrados por la organización Priorities USA Action.

Directo de Wall Street

En un anticipo de la batalla por la presidencia, que podría resumirse bajo el título de “los ricos contra los pobres” o “minorías contra mayorías”, un rápido vistazo a las fuentes de financiamiento del republicano Mitt Romney, el ex gobernador de Massachusetts, confirma que casi una cuarta parte de los recursos que ha recabado su campaña provienen de Wall Street.

“Ningún otro candidato presidencial ha recabado más dinero del sector financiero que Mitt Romney”, aseguró el Centro de Políticas Responsables al confirmar que el poder de Wall Street ha decidido apostar por Romney. Desde los cuarteles de campaña de Obama, sus operadores han iniciado una ofensiva para denunciar “la amenaza” de los “súper comités” del Partido Republicano contra unas elecciones justas.

A manera de ejemplo, la campaña de Obama apunta a los hermanos David y Charles Koch, dueños de campos petroleros, refinerías, oleoductos que cruzan las entrañas de todo el país y complejos petroquímicos, que han decidido donar 200 millones de dólares al Partido Republicano con la esperanza de desalojar a Barack Obama de la Casa Blanca.

Eso sin contar los 300 millones que aportará la organización American Crossroads, bajo la dirección de Karl Rove, el gurú electoral de George W. Bush.

Aun antes de que se conozca el nombre y rostro del candidato republicano que desafiará a Obama en noviembre próximo, la organización Wesleyan Media Project ha descubierto que los grupos de interés han financiado el 44% de las campañas publicitarias a lo largo de las primarias republicanas, un espectacular salto cuantitativo si se le compara con 2008, cuando estos mismos grupos de interés aportaron sólo el 3% de esos fondos.

Ante este panorama, los responsables de la campaña Obama han insistido en que, a pesar de las críticas que les llueven desde las bases demócratas, “no podemos enfrentar desarmados una campaña en la que jugarán un papel clave los grupos de presión del sector privado”, aseguró una fuente de la campaña.

En medio de esta guerra sin cuartel entre los poderosos grupos de interés, que han decidido intervenir de forma oficiosa en las presidenciales, mientras millones de ciudadanos contemplan la degradación de su opinión y su voto, el congresista demócrata por Maryland, Chris Van Hollen, ha presentado una iniciativa con el fin transparentar los nombres de aquellos contribuyentes a las campañas que superen los 100 mil dólares.

Sin embargo, todo parece indicar que la iniciativa de Van Hollen naufragará ante el embate del Partido Republicano, que hoy más que nunca disfruta de las ventajas comparativas de unas donaciones ilimitadas que marcarán un antes y un después durante las elecciones de noviembre venidero, cuando las mayorías que apoyaron a Barack Obama en el 2008 medirán fuerzas con el poder del dinero de unas minorías empeñadas en sepultar su agenda del cambio.

 

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