>Puebla.- Cada mañana, la mamá de Carmen toma precauciones para evitar dos cosas: que su hija se exponga al eterno frío de Chignahuapan, Puebla -y para eso basta un suéter-, y que la niña sea de las últimas en llegar a la escuela, porque sabe que si se demora podría no alcanzar lugar “hasta adelante”. Por eso, ambas salen de casa 15 minutos antes de las ocho, aunque el colegio está a cinco de distancia.
Al respecto, la pequeña de 10 años comenta: “Si no agarro un buen asiento podría quedar atrás y no ver lo que el maestro escribe en el pizarrón. Él fue el primero en darse cuenta de que requiero anteojos y se lo dijo a mis padres. El problema es que todos en casa los necesitamos: mamá; mi hermano mayor y yo… Bueno, Martín, no, porque está chiquito, todavía es bebé.”
Para Alma Rosa Canseco, la madre de Carmen, que el profesor la pusiera al tanto de esta situación la colocó en un predicamento, pues si ya sabía que su hijo y ella requerían lentes, ¿ahora también la pequeña? Si ya dos pares resultaban caros, tres simplemente eran incosteables.
“Nada más no ganamos para eso, por ello, cuando las Jornadas de Atención Integral Comunitaria (organizadas por la UNAM, el gobierno de ese estado y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla) llegaron a Chignahuapan, llevé a toda la familia para que les revisaran los dientes, la salud en general y, por supuesto, la vista”.
Seis jóvenes de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala fueron los encargados de hacer las evaluaciones optométricas.
“Al terminar, prometieron volver, con anteojos para nosotros. ‘¿Cuánto costarán?’, pregunté. ‘Nada, señora’. Dudé de que regresaran porque, ¿quién da algo así, de a gratis? Pero cumplieron su palabra y hoy están aquí, de vuelta”.
Lo anterior lo narra doña Alma durante la entrega que hizo la UNAM de 373 anteojos en esa ciudad poblana, acto al que asistieron Miguel Robles Bárcena, secretario de Servicios a la Comunidad; Sergio Cházaro Olvera, director de la FES Iztacala; María Elisa Celis, directora general de Orientación y Servicios Educativos; y Mario Luis Olvera Cortés, presidente del municipio de Chignahuapan.
Hoy, la pequeña Carmen tiene su primer par de lentes e intenta acostumbrarse a ellos, pues después de usarlos por un rato se marea, aunque se dice lista para ir el próximo lunes a clases y tomar apuntes de todo.
“Ahora ya veo bien. Lo primero que hice fue asomarme a la plaza del pueblo y ver a lo lejos el quiosco, el campanario de la iglesia... ya todo se aprecia clarito”.
Al observar cómo Carmen corre de aquí para allá, se asoma a la calle y se queda absorta ante el paso de la gente, doña Alma no puede más que decir: “A la pequeña se le nota la emoción a leguas, pero no sólo a ella: también a mi hijo Luis y a mí, que igualmente estrenamos anteojos. Solamente nos falta Martincito, pero ya lo dijo mi niña: él no los requiere todavía, aún es un bebé”.
Decenas de alumnos participantes
Con la finalidad de brindar atención especializada a comunidades marginadas y alejadas de las cabeceras municipales -así como dar inicio a la Cruzada por la Alfabetización que la UNAM, el gobierno de Puebla y la BUAP realizan coordinadamente en esa entidad desde abril de 2011- se llevan a cabo las Jornadas de Atención Integral Comunitaria, que en esta ocasión se desarrollaron en los municipios de Chignahuapan, Tecamachalco y Acatlán de Osorio.
“En esta iniciativa están involucradas la FES Iztacala (única entidad donde se imparte la carrera de Optometría) y las facultades de Medicina, Odontología y Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM. Para ello, decenas de alumnos dejaron sus casas durante una semana y se instalaron en esos lugares. El resultado es más que satisfactorio: se brindaron, en total, 16 mil 523 servicios y se entregaron mil 77 pares de anteojos en los tres municipios (además de los de Chignahuapan, 402 en Acatlán de Osorio y 302 en Tecamachalco)”, explica María Elisa Celis.
Para la joven Carla Salazar, septiembre fue un mes particular, porque “hice mis maletas, me sumé a una caravana de universitarios y supe lo que es la vida en Puebla, pero no esa que sale retratada en los folletos turísticos, sino la de a de veras, la que vive la gente cada día”.
Esta estudiante del sexto semestre de la carrera de Optometría en la FES Iztacala decidió sumarse a las jornadas para afinar sus habilidades profesionales, “pero en lo que más gané fue en lo humano, porque aprendí que no es sólo venir y aplicar lo que sabes, sino también involucrarte con las historias de tus pacientes”.
Algunas cosas te cambian sin que lo esperes, dice la joven de 20 años, y para ella fue una anciana de Chignahuapan la que le hizo replantearse el significado de ser optómetra.
“Pasaba de los 70 años de edad, la diabetes le había robado toda la visión del ojo derecho y la del izquierdo estaba muy disminuida. Hicimos lo que pudimos, que no fue mucho, porque el padecimiento estaba muy avanzado. De todas maneras recibí de ella un agradecimiento como pocos sabrían manifestar. Experimentar eso va más allá de la satisfacción profesional, equivale a constatar, en un simple gesto, que no te equivocaste de carrera”.
Para Celis, este tipo de vivencias dan otra dimensión a lo enseñado en la UNAM, pues las jornadas no se limitan al ejercicio de habilidades, inciden en la realidad.
“Por ejemplo, los alumnos de Veterinaria decidieron ir a comunidades apartadas para herrar burros y caballos. Eso es un aprendizaje que no te da ninguna biblioteca”.
Entre los servicios ofrecidos hubo también consultas de colposcopía y de odontología, “porque es importante llevar estas opciones a lugares que tradicionalmente han carecido de este tipo de atención”, añade la directora general de Orientación y Servicios Educativos.
No se escatimó nada. Se llevó equipo de primera y la atención brindada fue de lo más profesional.
“No hay mejor evidencia de la calidad de nuestro trabajo que la que me dio una viejita. Antes de su revisión, me preguntó: ‘¿Vienen de Puebla?’, ‘No, señora, del Distrito Federal, somos de la UNAM’, le respondí. Inmediatamente, así de botepronto, la señora me soltó: ‘¡Entonces ustedes son de los fregones!’. En realidad usó una palabra mucho más fuerte. Yo pensé: ¿Qué se contesta a eso? Sólo me quedó decir, muy para mis adentros: ‘Pues, ¡qué caray, claro que lo somos!’”, concluye la candidata a optómetra Andrea Gutiérrez Cruz.





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