>México.- Se desangraba aceleradamente. Dos balas habían destrozado su pierna derecha y una más le había perforado uno de sus brazos. Creía que moriría. Aun así, logró salir caminando de la sala del cine ayudado por su esposa Jennifer y un amigo.
A cada paso sentía que el pantalón se le empapaba por el borbotón de sangre que le emanaba de la pierna desgarrada por los tiros de alto poder. “Sentí en ese momento que moriría y le pedí a Dios que salvara a mi esposa”, recuerda Adán Ávila, un mexicano de 20 años nacido en Torreón, Coahuila.
Estaba en el cine cuando James Eagan Holmes irrumpió a sangre y fuego la noche del pasado jueves 20 en la sala 9 del complejo Century Aurora, para el estreno de medianoche de “Batman, The Dark Knight Rises” (Batman, el Caballero de la Noche asciende).
Adán estaba sentado apenas a cinco metros de distancia de Holmes —apodado ya el “Guasón” de Aurora—, quien sin mediar palabra alguna abrió fuego contra una multitud inerte que se extasiaba con las escenas de la película. El mexicano no era la excepción; disfrutaba con cierto desenfado, junto a su esposa Jennifer, una joven oriunda de Colorado, de la cinta que llegaba a esta localidad de 325 mil habitantes.
La cinta tenía unos minutos de haber comenzado cuando algo estalló a sólo un par metros de donde se encontraban Adán y su esposa.
De pronto, el mexicano vio cómo un hombre se levantaba ensangrentado y contrariado.
“El hombre no entendía qué le había pasado, y creo que nadie. Luego pensé que se trataba de una granada... en ese momento comenzó alguien a dispararnos”.
Desde la cama donde convalece de tres operaciones en el Swedish Medical Center HealthOne, en Englewood, unos 25 kilómetros al oeste de Aurora, Adán narra su experiencia en entrevista, vía telefónica, a EL UNIVERSAL.
“Cuando me di cuenta que un hombre nos disparaba empujé a mi esposa al piso. Ella se quedó congelada por lo que veía. Ya en el suelo, la cubrí con mi cuerpo y comencé a rezar. Le pedí a Dios que la salvara”. Entonces, las balas impactaron el cuerpo de Adán; supo entonces que estaba mal herido.
“Ese hombre disparaba, disparaba y disparaba”, evoca Adán. “Después sentí un calor y mucha presión en el pie, me sentí muy mojado, y lo mismo comencé a sentir en el brazo y en la espalda. En ese momento pensé que me iba a morir y le pedía a Dios por mi esposa”.
Por momentos, Adán hace pausas, en un intento por recordar los detalles de aquella noche trágica, en la que estuvo a punto de morir.
“Estábamos en el piso, de pronto dejaron de sonar los disparos. En ese momento nos escapamos del cine. Creímos que ya todo había terminado, pero aquél sólo dejó de disparar unos cinco segundos. Caminamos hacia la puerta y justo en ese momento nos dimos cuenta de que pasamos frente a él. Tenía las armas en sus manos. Corrimos hacia la puerta de emergencia para salir. Lo logramos”.
Adán recuerda que uno de sus amigos le dijo después que vio desde el lugar donde se encontraba agazapado, cómo Holmes cambiaba de arma porque el rifle ya no sirvió, y luego comenzó a dispararles por la espalda.
“Ya habíamos salido con dificultad y los tiros pegaron en la puerta de emergencia; si no, nos hubiera matado ahí mismo”. Adán hace un silencio profundo, que rompe luego con un suspiro.
Su voz aún se escucha débil y tenue por el teléfono, pero hace un esfuerzo por hablar con claridad. Algunas de sus palabras se mezclan entre el español, el inglés, y una que otra queja, producto del dolor que le causan las heridas.
Adán Ávila llegó junto con sus padres y hermanos hace 13 años a Colorado. Apenas era un niño de siete años de edad.
Dedica su tiempo a dar pláticas sobre la Biblia a niños y jóvenes en una Iglesia católica en Aurora, donde también imparte clases de educación física. “Creo que esto ya no voy a poder hacer”, dice con un pesar que se escucha en su palabras.
No habla de milagros, pero sabe que por alguna razón logró salir con vida de aquel lugar, donde 12 personas murieron de manera brutal. Se reafirma como un hombre sin rencores y, en ese ánimo, afirma que si Dios ya perdonó a su agresor, él también ya lo hizo.
Aun así, retoma su dramática narración del momento en el que logró salir del sitio donde se cocinaba la masacre.
Y aunque acepta que representantes del Consulado de México en Denver le ofrecieron ayuda, sabe bien que las cuentas del hospital llegarán en algún momento. “No sé en verdad que voy a hacer”.
Tras una pausa, continúa hablando de su experiencia.
Recuerda con claridad que cada vez que daba un paso para salir del lugar donde James Holmes arremetía con fuego de fusilería contra la multitud, “sentía que se sumergía en una alberca”, producto de la sensación del desangrado por las heridas de las balas que se habían incrustado en la pierna y en uno de sus brazos.
Los médicos creían que perdería la pierna, ya que la tenía destrozada. Pero el riesgo aún no ha desaparecido. Este viernes podría ser sometido a una nueva intervención quirúrgica, la cuarta. “Tenía tantos músculos y tanta cosa que me faltaba, que los doctores creían que no podrían salvar la pierna”, comenta con cierta resignación.
Sobre el agresor, Adán dice no tenerle ningún rencor, que él lo ha perdonado y que mantiene la esperanza de que, algún día, Holmes se acoja a la protección del Señor.
“Yo al señor Holmes le he perdonado porque es lo que Dios quiere, y mi deseo es que un día el venga a aceptar a mi Dios Jesucristo para que sus pecados sean perdonados también, y algún día sea mi hermano. Todo lo que tengo es amor para él, yo no lo voy a odiar, me impactó la vida en mucho y me trajo mucho dolor, pero no lo voy a odiar”.
Foto: AP





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