Shangai Chinese Orchestra, un recorrido por la música oriental

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- Oct 20, 2012

>Guanajuato.- En el Teatro Juárez se escucha el murmullo cervantino de las calles, hay risas, gritos y aplausos. Adentro, en los asientos, un hombre tose fuertemente, la gente a su lado no resguarda su molestia, lo callan.

Al frente, sobre el escenario, Mi Songjie y Qiao Haibo, de la Shangai Chinese Orchestra, con el guqin, el instrumento de los eruditos chinos, y el xiao, la flauta vertical de la milenaria cultura oriental, le dan vida a “Agua que corre”. De pronto, todas las distracciones desparecen, solamente queda la música y el llanto emocionado ante la belleza de la pieza que retrata los diversos movimientos del agua.

El programa de mano advierte que la obra que interpretan los músicos de la orquesta fundada en 1952 y que sólo utiliza instrumentos milenarios narra también una leyenda: “el sonido que el maestro Bo Ya toca sólo puede ser entendido por el leñador Zhong Ziqi, complicidad que los convierte en amigos íntimos. Después de la muerte de Ziqi, Ya destruye su instrumento y jamás vuelve a tocar una nota”.

Los sonidos son ternura, tranquilidad, con las notas punzantes la tristeza resurge de las profundidades del corazón para irse al exilio de la melancolía que conmueve, al final de la ejecución sólo queda la paz, el alma aliviada. La audiencia grita, lloviznan los “bravos”, los aplausos sacuden la noche que recibe a la agrupación que difunde al mundo la música tradicional de China que ha sobrevivido al tiempo.

Con 60 años de vida, la Shangai Chinese Orchestra ha destacado por su consonancia con la naturaleza, y es la primera agrupación musical moderna a gran escala en su país (25 músicos). Su tarea ha sido el desarrollo de la música tradicional china hacia una nueva era, gracias a ellos, según los expertos el guquin, conocido también como “el padre de la música china”, dejó de ser un instrumento desconocido para las jóvenes generaciones.

Cada pieza tiene un nombre poético, “La ruta de la seda”, por ejemplo, es ejecutada por un ensamble de cuerdas punteadas, sus sonidos evocan los tiempos de la dinastía Xihan, cuando la comercialización de la seda fijó un puente entre Europa y Asia. Los sonidos son más vibrantes, por momentos alegres, las cuerdas dibujan la vertiginosidad del comercio, el encuentro de los dos continentes.

El concierto que se llevó a cabo la noche del jueves es un vaivén de emociones; llega el drama con la interpretación de Wang Fujian, quien con el erhu, conocido como el violín chino, reconstruye en el aire la vida del músico callejero ciego de la ciudad de Wuxi. Un paisaje de la condición humana, con sus claroscuros, sus flaquezas, su fe.

Un día antes, durante su encuentro con los medios de comunicación, los músicos advirtieron que con su trabajo tenían la intención de ser embajadores de China, dar a conocer al mundo que su país tienen muchas cosas que contar.

Así ha sido durante esa noche, un recorrido histórico por el gigante oriental, en la memoria no hay espacio para traer al recuerdo su poder económico, sus productos que han inundado al mundo, sólo hay tiempo para reconocer que la música es el lenguaje universal de la vida, el de todos

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