Familias de Chamela y El Ranchito, así como agricultores michoacanos pierden todo a causa de Patricia

  • El huracán no cobró vidas, pero sí acabó con las ilusiones de los productores de plátano y papaya de Coahuayan

BARRA DE NAVIDAD.- La mañana del sábado Azucena y su madre, Griselda, se enfrentaron a la realidad: nada estaba en pie.

“‘Jova’ nos dejó un techo, pero éste (huracán) no dejó nada”, dicen mientras buscan cosas en el lodo. 

En Chamela, una pequeña comunidad pesquera a 160 kilómetros al sur de Puerto Vallarta, las mujeres son las que conservan el temple. Sonríen a pesar de haberlo perdido todo otra vez, como en 2011, cuando “Jova” azotó esta misma región. 

Los hombres, con los rostros más serios, despejan los caminos de la comunidad y trabajan juntos bajo un cielo que no conserva rastro del meteoro que no cobró vidas, pero prácticamente acabó con el poblado. 

Devastación en plantaciones de plátano y papaya

“Patricia” no cobró vidas, pero sí acabó con las ilusiones de los productores de plátano y papaya del municipio de Coahuayana. Nada la detuvo y devastó la principal actividad económica de la que dependen la mayoría de los habitantes de esa región michoacana colindante con el estado de Colima. 

Con cada racimo de plátano arrancado de sus palmeras por los fuertes vientos, Mónica Salinas Vargas vio caer su destino, pues dependía del apoyo que le daban algunas empleadas de la actividad agrícola a cambio de sus carpetas tejidas a mano. 

"Pensé que iba a morir", narra habitante de El Ranchito

“Doña Moni”, como la conocen en el pueblo , está sola, no tiene más familiares y también lava y plancha ropa ajena entre sus vecinos; la mayoría de ellos empleados del campo que están en riesgo de perder su trabajo por la devastación de la producción agrícola. 

La señora de 58 años es una humilde habitante de la comunidad de El Ranchito y describió a EL UNIVERSAL cómo segundo a segundo se desprendían cada una de las tejas de la choza de madera en la que vivía, tras el ingreso del huracán categoría 5 que golpeó desde un inicio a por lo menos cuatro comunidades de ese municipio costero.

“Era en la tarde, como a las 4:00 y yo nada más empecé a escuchar cómo tronaba el aire y el ruido que hacía cuando destrozaba la casa. Las láminas y las paredes tronaban y las láminas se rompieron; todo lo perdí”, narró. 

Vestida con ropa que le habían proporcionado en el albergue instalado a unos metros de la presidencia municipal, relató: “Cuando pensé que iba a morir llegaron a tiempo unos muchachos para sacarme de ahí y traerme para acá con las demás personas que también se habían quedado sin casa, aquí dormí y no sé qué voy a hacer, ahora estoy en la calle”. 

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