>• Un deficiente Guadalajara rompe su cadena de empates al sucumbir 1-0 en el último minuto en el campo de Estudiantes
Zapopan.- José Luis Real pidió que los aficionados no criticaran al Guadalajara. Anoche quedó demostrado que esa solicitud es imposible de cumplir con un equipo que arrastra la grandeza en cada partido.
La anotación de Eduardo Lillingston (93') sólo empujó aún más la daga en el corazón del pueblo rojiblanco. Aún con su cuarto empate en el Clausura 2011, las Chivas no habrían evitado el sonoro abucheo con el que fueron despedidas.
Están convertidas en un equipo de abolengo que juega como chico, dándole la espalda a su pasado y siendo traicionero a los principios que le permitieron robar corazones en todo el país. Han mutado en un grupo de jugadores limitados futbolística, anímica y físicamente.
Volvieron a caerse en los minutos finales del duelo. El problema es que ayer no tenían la renta de un gol, ese que les permitió no caer ante el Puebla, el Morelia y el San Luis.
El Güero y sus futbolistas parecían conformarse con una nueva igualada, pese a que la gente que llenó las gradas del estadio 3 de Marzo mostraba su inconformidad con tímidos silbidos.
Fuera del Omnilife, los seguidores chivas sí acuden a presenciar los duelos en los que juega lo que queda de su equipo. Está claro que no les agrada la moderna y fría casa del Guadalajara, mucho menos si es habitada por un conjunto del montón, para el que ganar juegos es casi un milagro, debido a su tibieza.
Real ya no suele proponer los cotejos. Apuesta por controlar al adversario y que un contragolpe fructifique. Los tapatíos ya no infunden temor, más bien salen a la cancha invadidos por el pánico.
Esa afrenta a la historia rojiblanca podría salirle bastante cara al estratega. Más allá de que sus polémicas decisiones lo hacen impredecible, Jorge Vergara se ha caracterizado por ser un directivo al que le cala que su conjunto no muestre sangre.
La del Guadalajara está congelada, producto de la incapacidad de su plantel y la impotencia de un hombre que sale a no perder los encuentros.
El soberbio pase de Rubens Sambueza a Lillingston representó el desahogo para José Luis Sánchez Solá, quien presentía que el tanto de la victoria caería. Lo fabuloso para él fue que se dio unos cuantos segundos antes del ocaso.
Ramón Morales ya se había quedado cerca con aquella ejecución de tiro libre. Habría sido la revancha perfecta para El Moncho. Igual festejó con todo la agónica anotación, aunque no con la intensidad del Chelís, quien se fue al vestuario con los ojos húmedos.
Imagen que se repitió entre varios seguidores del ayer visitante administrativo. El apoyo multitudinario sirvió de poco. Las Chivas están enfermas, lucen agonizantes pese a que apenas han jugado cuatro partidos en el certamen.
Eso explica la profunda tristeza de su numerosa afición, la que fue recriminada por El Güero, quien se marchó a paso lento, en medio de una tormenta de insultos y reclamos.





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