>Guadalajara.- La emoción que embargó a José Luis Real iba más allá del simple gusto por una actuación redonda, memorable. Lo del "Güero" era un orgullo similar al del padre que contempla la proeza de un hijo.
Cansado de la irregularidad que tenía preso al Guadalajara, el entrenador decidió sacudir su alineación, mandar a la banca a algunas "vacas sagradas" y jugársela con sus alumnos más avanzados. La goleada sobre el Pachuca (4-1) fue justo premio a esa fe ciega en el talento juvenil.
Jorge Mora y Antonio Gallardo se presentaron en la Primera División. Adolfo Bautista, Omar Arellano y Marco Fabián arrancaron el cotejo en la lúgubre banca. La apuesta era muy clara: la ofensiva de las Chivas sería responsabilidad de un grupo de jóvenes osados, para los que el miedo al fracaso no es una opción. Su único objetivo era demostrar por qué recibían la dorada oportunidad.
Tardaron 25 segundos en hacerlo. La mágica pared entre Érick Torres y Mora concluyó con el gol del debutante. Mostró la frialdad de un consagrado. Lo trae en los genes. Es hijo de Octavio, atacante surgido de la Universidad de Guadalajara en la década de los 80, y sobrino de Daniel Guzmán, delantero que formó parte de las Súper Chivas, a principios de los 90.
Escenario ideal para lo planeado por Real. El ímpetu de los chicos contagió a los experimentados, sobre todo Alberto Medina, quien recuperó el futbol pícaro y desequilibrante que solía distinguirlo.
"El Venado" fungió como guía de unos chicos dispuestos a todo, para los que la incomodidad del pasto sintético del Omnilife no es motivo de queja. Intentaron sacarle el mayor provecho posible. Vaya que lo consiguieron.
Su velocidad desquició a una zaga lenta, con mucho bagaje, pero desarmada frente al vértigo impuesto por los jóvenes que por fin le dieron vida al moderno, aunque frío hogar rojiblanco.
Los poco más de 20 mil aficionados que acudieron a presenciar el duelo se embriagaron de gusto. El "¡Chivas, Chivas!" sonó al Jalisco. Ni que decir de los "¡Oles!" que acompañaron los toques locales durante el complemento.
Velada de reconciliación con su pueblo, que cayó rendido ante el talento de unos chicos a los que el rostro delata, aún tienen rasgos infantiles, pero gran temple.
Medina entendió que terminaría ahogado y exhibido si no se metía a esa dinámica. Lo hizo casi de inmediato. Las pequeñas sociedades que construyó con Mora y el Cubo bastaron para hacer añicos a la defensa hidalguense. Sus dos tantos (12' y 59') fueron la mejor prueba del nivel que mostró.
Evolución que no alcanzó a la nueva "Pina" y al "Bofo". Real echó mano de ambos cuando el juego ya estaba decidido, el concierto era todo un éxito, pero desentonaron, en especial Bautista, incapaz de integrarse a la velocidad del equipo. Arellano sí lo hizo. El problema es que está peleado con el balón.
La goleada pudo ser mayor. Además de su anotación, Mora estrelló dos balones en los postes, mientras que Torres se perdió otro par. Aún así, fue una de las figuras gracias al tanto que marcó (34') y los otros dos que sirvió.
Son los hijos futbolísticos del "Güero", los que le dieron una noche inolvidable, digna del recuerdo, en la que se comprobó cuál es el verdadero equipo de México.





Deja tus comentarios