Víctimas

- Mar 3, 2010
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La oscuridad cubre árboles, senderos, colinas.
Pareciera que el mundo está ocupado ahí,
en la oscuridad,
que el mundo ahí prepara algo más.
¿Por qué ahora parece más inmenso el silencio?
Siento que el silencio algo espera.
Hacia el río, la noche es más densa.
En este momento no sé qué pensar.
Carlos Montemayor. Un poema de Tsin Pau

La criminalización de la sociedad se ha extendido los días que vivimos y ha alcanzado al músico y sus melodías. Venía con la ilusión de renovar los instrumentos musicales pero otro instrumento, el de la muerte, encontró su corazón.

¿Dónde podremos esconder a nuestras hijas mientras pasa el tiempo de la saña? ¿En que paredes estarán seguros nuestros viejos en tanto se alejan los pasos de la muerte? Ningún muro detiene la rabia, el encono con que se arrebata la vida.

Las relaciones cotidianas han sido trastocadas en relaciones de violencia. Ceder el paso en un crucero se convierte en asunto de muerte si te topas con los dueños de las armas, con los detentadores de la violencia sin reglas.

El estado se ha paralizado. En los hechos, es impotente para asegurar a la ciudadanía las condiciones elementales para la continuación de la vida diaria. Enfrascado en la organización de ferias y vendimias, ha sido anulado en sus funciones clásicas para mostrar su inoperatividad. Ni todas las avanzadas leyes, ni los códigos de transparencia han impedido dejar al desnudo la liviandad del estado de derecho. Preocupado por mantener el poder en los siguientes comicios, el estado pierde las batallas día a día, las que se libran en las calles, por personas comunes y corrientes, sin cargos ni fueros.

El músico que llegó de Ahuacatlán muestra la ligera línea que separa la vida de la muerte. Si es cierto que un altercado de tránsito lo condujo a perder la vida, entonces debemos deducir que los dichos acerca de otras formas de exponerse a perder la vida también son ciertos. Los casos de tocar el claxon a un coche que estorba el paso, etc., pueden haber sido ciertos en contextos diferentes.

La sociedad criminalizada convierte los inocentes en víctimas. Las víctimas malas pueden pasar de largo en una sociedad que divide a las personas en buenas y malas, pero no las víctimas buenas: aquellas que no pidieron esta rabia pero mueren por su causa.

Nosotras amamos el mar, los árboles, los días que pasan con su carga de simplemente pasar, los atardeceres detrás de la montaña. Nos levantamos pensando en regresar a casa al terminar la jornada, en el transcurso interactuamos con diversas personas en la fila de las tortillas, en las esquinas de las calles, en la entrada de los edificios. En todos estos encuentros la violencia puede convertirse en la mediadora de las relaciones sociales. Por eso es alarmante lo que ocurre, porque ya no son las leyes, la cortesía, las buenas costumbres lo que media las relaciones sociales, cada vez lo que media es la violencia.

El crimen ha dejado de ser entre personas que conscientemente asumen el riesgo. Hoy alcanza a toda la sociedad, a usted y a mí, a los vecinos, las alumnas, los vendedores de la calle, a todo aquel que simplemente, viva. El estado, en su indiferencia, desdibuja su rostro. Acostumbrado a gobernar ante una población no organizada, empobrecida y sin poder, revela su ineficacia ante quien sí está organizado y cuenta con poder.

Los músicos deben estar de luto porque al asesinar a un hombre inocente ha muerto también nuestra inocencia, el último rescoldo, la última apuesta de que la violencia era algo que ocurría a los otros. Ahora está aquí en medio de la vida nuestra; hemos sido convertidos en víctimas de una saña sin más sentido que matar y dejar morir.

*Socióloga, investigadora de la Universidad Autónoma de Nayarit

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