“¡Me lo mataron!.. Ellos quieren voltear las cosas”

- Jun 10, 2010

>Ciudad Juárez.- El féretro de color blanco y los seis modestos arreglos florales a su alrededor, sobresalen en medio de un cuarto de adobe, de cuatro metros por seis y dos de altura, que pinta a la perfección una naturaleza muerta, donde apenas cabe un viejo sillón Love Seat, un aparato de aire acondicionado que fue montado —ex profeso para la “recepción” de los amigos y familiares— sobre unos tabiques de concreto y los cenizos tapetes que cubren el piso, y cuyo color se pierde en el mismo piso.

La vivienda de Sergio Pedro se pierde sobre un hoyanco donde confluyen lo que en el pasado fueron riachuelos y arroyos naturales donde se construyeron anárquicamente casas-habitación en las faldas del cerro Bola en la ampliación Plutarco Elías Calles, una colonia en extrema pobreza en el surponiente de Ciudad Juárez.

A las espaldas del cerro se divisa a la perfección el gigantesco mensaje emblemático: “La Biblia Es Verdad”, que suele leerse desde las alturas.

La tragedia de la familia Hernández Güereca no puede ser mayor. El menor de los seis hermanos fue asesinado por un oficial de la Patrulla Fronteriza, cuando el abuelo de nacionalidad estadounidense, Ángel Suárez Luna, peleó en favor de los estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.

Era de Nueva Jersey, allí nació, dijo don Jesús Hernández Librado, padre de Sergio Adrián. Por circunstancias no explicadas, el padre de Sergio Adrián decidió que jamás llevaría el apellido de su padre. Jamás les arregló papeles (ciudadanía o residencial legal), y la única justificación fue: “No quiero que vayan (a Estado Unidos) a servir de gatos…”.

Jesús Librado Hernández, dice que su padre, nativo de Nueva Jersey, falleció en 1975. No hubo nada más, sólo el recuerdo del progenitor.

Pero el hombre, de complexión delgada, vestido con pantalón color kaki y camisa negra, visiblemente abrumado, rompe en desesperación para gritar a los reporteros:

¡Quiero que se vayan!, ¡No me estén inventando...! Déjenme sepultarlo!, dijo entre sollozos, luego de que conoció por datos de un reportero del equipo de Jacobo Zabludovsky que el gobierno estadounidense estaba informando que su hijo tenía una ficha del otro lado.

¡Eso es mentira!, lo niego completamente. Mi hijo estudiaba aquí y yo lo llevaba a la escuela, expresó don Jesús. —Ellos quieren voltear las cosas, agregó el padre entre el dolor y el sufrimiento.
A las 12:20 horas, el representante de la cancillería mexicana, Roberto Rodríguez Hernández, acompañado del Cónsul de Protección se encaminó al interior del diminuto cuarto donde se encontraba el féretro para mostrar respeto.

—¡Que se haga justicia!, le pidió don Jesús al cónsul de México en El Paso. —Yo no quiero nada—… Ahora me lo están acusando de delincuente, le dijo a manera de queja.
—¡Me lo mataron..! ¡Que se haga justicia!, repitió.
—¡Le vamos a hacer justicia señor!... Eso es un tributo a él, le respondió el diplomático mexicano al afligido hombre.
¡Cómo me lo masacraron!, dijo don Jesús.
—Muy lamentable señor…, dijo quedamente el cónsul General y representante de la cancillería mexicana.

 

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