Cines monumentales que el tiempo se llevó

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- Mar 30, 2011

>• De las 500 grandes salas del siglo XX hoy queda poco. Es un patrimonio cultural perdido

Son referentes arquitectónicos del siglo XX, edificios con destacado valor histórico y cultural, pero su destrucción o abandono es inminente. Obras monumentales que destacados arquitectos edificaron para que la población disfrutara de las grandes producciones fílmicas, pero que de las hoy sólo queda el recuerdo y nostalgia de esa gran época. La mayoría se ha hecho polvo, algunos han sido dedicados a actividades ajenas al cine, y otros más sólo muros silentes en espera de ser demolidos o recuperados.

El caso más reciente y para muchos lamentable es la demolición del cine Teresa, uno de los recintos más emblemáticos de la calle San Juan de Letrán. Esta obra del arquitecto Francisco Serrano, construida en 1942 como la última vertiente del art decó, fue considerada en su momento como la sala de cine número uno de la capital.

Ahora, las más de 3 mil butacas con que contaba, los decorados de mármol, bronce y maderas preciosas, la escalera con pasamanos de cristal y la reproducción de la Venus de Canova en el vestíbulo -características de su grandeza arquitectónica- serán reemplazados por locales comerciales.

"La destrucción del patrimonio cultural en la ciudad de México con el afán de modernizar es inevitable", señala el arquitecto Francisco Haroldo Alfaro Salazar, profesor-investigador de la división de Ciencias y Artes para el Diseño de la UAM-Xochimilco.

Para él, la demolición del cine Teresa es una muestra clara de destrucción del patrimonio: "todo lo que estaba presente en el cine se perderá, quizá lo que se pueda recuperar son detalles menores (como el anuncio tipo bandera, de forma vertical del que sobresalía su nombre), pero los elementos arquitectónicos en su interior serán trastocados. La noción asociada con el cine se perderá por esa condición mercantil del uso del espacio".

El futuro inmediato del cine Teresa, dice Alfaro Salazar, será similar al del cine Olimpia, el cual fue transformado en una plaza de computación. "Aunque cínicamente se mantuvo el nombre de Plaza Olimpia en recuerdo del cine, después se convirtió en una zona de sex shops, un ambiente que ha desdibujado totalmente la historia original de ese cine", indica.

Y es que para varios especialistas como el arquitecto Enrique X. de Anda, coordinador del Comité del siglo XX de ICOMOS Mexicano, el asunto de conservar una puerta, un dintel, una ventana o un muro para justificar ante la sociedad que se está respetando el valor histórico de un edificio es "una tomada de pelo. Las intervenciones mal asesoradas a veces llegan a construir malas caricaturas de lo que fue".

Los olvidados

Otro ejemplo de desinterés por la conservación de estos edificios representativos de la arquitectura del siglo XX es el abandono en que se encuentra el cine Ópera, ubicado en la colonia San Rafael. Construido por el arquitecto Félix T. Nuncio, de 1942 a 1949, esta sala de exhibición de gran marquesina y con figuras trabajadas en piedra que recuerdan a las artes escénicas, poseía una aproximadamente 3 mil 600 butacas. Letra a letra, los letreros de su marquesina se han ido cayendo, desde afuera sólo se alcanza a ver parte de la taquilla y de las grandes escaleras que daban a la sala principal, la cual destacaba por estar adornada con inmensos candiles de bronce y cristal, con muros de espejo y muebles refinados.

Aunque hace años funcionó clandestinamente como sala de conciertos y frecuentemente ha sido solicitado como escenario de películas, la suerte del cine Ópera sigue en el aire. Según personal de la Dirección de Arquitectura y Conservación del Patrimonio Artístico Inmueble del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), el destino de este inmueble "está en proceso de análisis y se espera que en breve tenga un mejor uso".

En completo abandono, aunque con la esperanza de ser recuperado pronto, se encuentra también un cine que durante los años 50 fue famoso por su programa de matinés. Ubicado en la calzada México-Tacuba y Circuito Interior, el cine Cosmos, de estilo art decó, fue diseñado por el arquitecto Carlos Crombé (autor del cine Alameda y el Odeón), pero tras su incendio antes de su inauguración en 1946, el proyecto pasó a manos del arquitecto Carlos Vergara y fue finalmente inaugurado en 1948. Luego fue dividido en cinco salas, cambio de nombre al de "Macro Cosmos" y después fue abandonado.

Pero el 2 de marzo autoridades de la delegación Miguel Hidalgo dieron a conocer la iniciativa de recuperación de este inmueble, testigo silencioso de la matanza estudiantil del "jueves de corpus", el 10 de junio de 1971, ahora convertido en refugio de indigentes.

Inaugurado en 1941 y con una capacidad para acoger a aproximadamente tres mil personas, el famoso cine Insurgentes, ubicado en la parte norte de la actual Glorieta de Insurgentes, es otro caso de salas cinematográficas en proceso de extinción.

Con un diseño original que consistía en una fachada de estructura cilíndrica rematada en una cúpula, este cine fue sometido durante la construcción de la línea 1 del Metro, en los años 60, a una transformación que terminó por convertirlo en una estructura amorfo pero todavía funcional.

Ese inmueble, que actualmente sostiene grandes espectaculares, próximamente será convertido en un estacionamiento, como parte de un proyecto para transformar la Glorieta de Insurgentes en el primer corredor publicitario de la ciudad, donde se colocará un cilindro de 30 metros de altura con pantallas LED.

Ahora escenarios para actuar

A diferencia de las anteriores, existen otras antiguas salas cinematográficas que han corrido con mejor suerte. Es el caso del cine Orfeón, ubicado en la calle de Luis Moya, que actualmente pertenece a la empresa Ocesa y que ha sido utilizado eventualmente como sala de teatro. Proyectado por la firma Jonh & Drew Eberson e inaugurado el 29 de junio de 1938, el colosal cine Orfeón formaba parte de los cines conocidos como "salas de estreno" o "de premier", junto con el Alameda (destruido en el terremoto de 1985), el Metropólitan y el Palacio Chino.

Recordado por ser uno de los más grandes y por las largas filas que se hacían para ingresar a él, la sala de este cine la constituían el lunetario, el palco y una galería que permitían recibir hasta seis mil espectadores. A pesar de la grandeza que tuvo en su momento, hoy es un gigante abandonado.

El cine Hipódromo, hoy Teatro Hipódromo Condesa, es otra de las salas que sobreviven y que, en parte, han sido conservadas. Inaugurado el 11 de abril de 1936, con capacidad para poco más de dos mil espectadores, esta sala tomó relevancia por ser parte del innovador edificio Ermita de la colonia Tacubaya. Construido por el arquitecto Juan Segura, el edificio de ocho pisos y de forma trapezoidal, que combinó departamentos, locales comerciales y una sala de cine, es considerado precursor en las propuestas de recintos de usos múltiples, y prototipo del desarrollo urbano arquitectónico del movimiento moderno del siglo XX.

Otros han pasado de ser salas de proyección de películas a convertirse en centros culturales. Ese destino tendrá el edificio con fachada histórica de finales del siglo XIX, ubicado en la avenida Juárez. El edificio que durante los años 40 se llamaba cine Magrit y luego cine Variedades, pronto será un recinto museístico con instalaciones de punta, dedicado a difundir y resguardar la obra del pintor Ricardo Martínez de Hoyos (1918-2009). El Centro Cultural "Ricardo Martínez" planea abrir sus puertas a finales de este año.

Para algunos, el notable ejemplo de recuperación ha sido el cine Lido, proyectado por Charles Lee en 1942, y que ahora se ha convertido en el Centro Cultural Bella Época del Fondo de Cultura Económica.

En un proyecto de recuperación, el arquitecto Teodoro González de León logró conservar los elementos más característicos de la fachada y la torre emblemática, consiguió adecuar algunos de los espacios originales a los nuevos requerimientos del lugar integrado por tres ambientes: la Librería Rosario Castellanos, un espacio para muestras temporales y el "Nuevo Cine Lido", un centro de proyecciones destinado a la difusión de cine de autor.

"Fue un proyecto donde se decidió que el edificio ya no podía ser cine, pero sigue siendo un inmueble que tiene una presencia importante en la Condesa, que es parte del imaginario y parte de nuestra memoria reciente; el edificio sigue allí y lo importante es que se le ha dado un uso digno", dice De Anda.

Sin embargo, para Alfaro Salazar la idea original de lo que fue ese gran cine se ha borrado. "Aunque el proyecto tenía una intención sana, esa intención misma desdibujó al cine. Ahora no existe una lectura clara de lo que pudo haber sido el cine en ese lugar", dice.

Conservación de la memoria

Estos son sólo algunos ejemplos de esas grandes salas de proyección que florecieron en una época en que, según la investigadora de la UAM-Xochimilco Isis Saavedra Luna, la actividad de "ir al cine" era parte del ritual de socialización de las familias, de los amigos, de la población en general, "ahí se encontraba la gente, era parte de la diversión de casi todos los mexicanos".

"Hubo salas de cine lujosísimas que fueron orgullo de la ciudad y de sus habitantes, con fachadas y marquesinas de impresionante relevancia, pórticos y vestíbulos monumentales, escalinatas y pasillos lujosamente alfombrados, foyers maravillosos, salas de espera fastuosas complementadas con opulento mobiliario y costosos espejos de luna biselada, frágiles candiles, de múltiples brazos desbordantes de luz pendientes de los altos techos, balcones de mármol e interiores de viejos palacios", recuerda el escritor Jorge Zúñiga en su libro Señora Evocación.

Según el escritor, de 1940 a 1980 la capital mexicana contó con más de 500 salas de cine, de las que hoy quedan unas cuantas.

"Tenemos la obligación moral, cultural, histórica y social de permitirnos que algunos de estos viejos recintos permanezcan como memoria viva de lo que ha sido nuestro desarrollo como sociedad", señala Alfaro Salazar, arquitecto y autor de La república de los cines (Clío, 1998) y añade que el INBAL, a través de sus diferentes instancias, debería hacer una lectura, valoración y propuesta de declaratoria de monumentos para los edificios del siglo XX, incluyendo cines.

Sin embargo, advierte que casi siempre "las instancias que deberían conservar el patrimonio pueden llegar a ser las menos interesadas".

"El INBAL como responsable de estos monumentos arquitectónicos del siglo XX, debe cumplir con la responsabilidad de protegerlos", señala por su parte De Anda.

Lo cierto es que aunque algunos de estos edificios forman parte del catálogo de la Dirección de Arquitectura del INBAL, su conservación no está garantizada, como es el caso del cine Teresa o el cine Ópera.

Por ello, Alfaro Salazar y De Anda coinciden en que las leyes existen pero no se respetan. "Si se aplicara nuestra legislación, podríamos avanzar, desafortunadamente no siempre sucede, lo primero que tendríamos que hacer es obligarnos a aplicar las leyes que ya están escritas", dice Alfaro Salazar.

Pero para De Anda, además se trata de la falta de imaginación de las autoridades y de quienes intervienen en los procesos de recuperación: "a quienes intervienen en la recuperación les falta imaginación para ver cómo le pueden sacar mejor provecho. Hay muchos casos en el mundo donde se hacen intervenciones correctas; el inmueble permanece, el inversionista recupera su rentabilidad, la ciudad se queda con una pieza que le es entrañable y la autoridad es responsable. Pero aquí hay falta de imaginación, falta de voluntad y falta de conocimiento".

Desprotegidos y sin proyecto concreto de recuperación, varios recintos de aquella gran época del cine mexicano tienen pocas esperanzas de subsistir.

 

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