>Ciudad Juárez.- A esta ciudad casi de cartón, por sus calles desiertas, con lugares públicos abandonados, vino Enrique Peña Nieto y encontró a miles de personas con gorras y camisas rojo y blanco de su campaña, pero que formaban un público aletargado.
El candidato priísta vio rostros de duda, de sobrevivientes de la violencia del crimen organizado, habitantes de la frontera que se han curtido en el saldo rojo de cada día, que han perdido la facilidad de creer.
La seguridad incluía una ambulancia y escolta de motos de la Policía Estatal, oficiales con armas de alto poder, cuya presencia dio desconfianza a quienes lo acompañaron.
El candidato se encontró con el rostro de uno de los retos mayores para quien gobierne: el dolor que ha dejado la violencia.
En la valla del parque del monumento a Juárez, había cientos de priístas. Atentos y respetuosos; con gusto de saludarlo. Pero las multitudes ensordecedoras, eruptivas de entusiasmo como volcán, ayer no estaban.
Ausencia de alegría. Los rostros cansados, en una quietud no vista en un acto de campaña, y menos presidencial, formaban un mural de silencio.
El rostro de dolor por la violencia crónica. Y la música seguía. Las porras se apagaban en momentos. Cuando presentaron al “primer priísta”, fórmula para referirse al gobernador César Duarte, Peña Nieto fue al podio a hablar a la gente inmóvil. Su mensaje fue al “dolor, tristeza y luto” de los juarenses y dio sus ofrecimientos de eficacia del Estado contra la inseguridad.
Pero el público estaba en otro compás, obtuvo el aplauso pero en intensidades apagadas, en comparación con la entrega de otras plazas.
Cuando bajó del escenario, hilos de público se iban en esta frontera que en muchos espacios parece de cartón, sin gente, sin actividad, desierta, como sin vida.
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