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Pese a que sus restos descansan en la Rotonda de los Personajes Ilustres, POCOS SABEN LA FORMA EN QUE INCIDIÓ EN NUESTRA HISTORIA; una calle de Tepic lleva este nombre en su honor
Tepic.- A unas horas de que en todo México se repita la ceremonia del Grito de Independencia, me pregunto si alguna autoridad pensará, como parte de su arenga, lanzar un «¡viva Miñón!» Mucho me sorprendería porque se trata de un insurgente olvidado, pese a que sus restos descansan en la Rotonda de los Personajes Ilustres de la capital mexicana.
Hace varias décadas y para perpetuar su nombre en la memoria colectiva, gobernantes locales impusieron el nombre de Miñón a una de las calles del primer cuadro de la ciudad de Tepic, Nayarit, como parte de una serie de vialidades que en el extremo sur tiene a la avenida de los Insurgentes y en el norte, a la Guadalupe Victoria.
Todas esas calles tienen nombre de personajes históricos y desde hace muchos años dos de ellas ya no cuentan con la denominación original: la Iturbide es ahora la Emiliano Zapata y la Juárez, la Amado Nervo. Por cierto, el nombre de Juárez resurgió en la prolongación de la calle Mina, al oriente de la avenida México y desde la Zacatecas es una calzada que desemboca en el hemiciclo en honor del Benemérito de las Américas.
La Miñón, por acuerdo del Cabildo de Tepic, desde 2008 se denomina formalmente Antonio Rivas Mercado, pero en los hechos la población la nombra como antaño. Una muestra de sobrevivencia como la que tuvo José Vicente Miñón, quien siendo militar resultó ileso tanto en la insurgencia contra la dominación española, los convulsos y primeros y años de vida independiente, las reyertas liberal-conservadoras, como los levantamientos regionales contra el gobierno de la República, así como por la invasión estadounidense, la Guerra de Reforma, la Intervención francesa, la restauración de la República y el inicio del Porfiriato. No obstante dichas peripecias, murió en su cama, a los 76 años de edad.
Vicente Miñón nació en Cádiz, España, en 1802. Muy joven arribó a la Nueva España y se puso al servicio de las fuerzas realistas al mando de Agustín de Iturbide; tras el Abrazo de Acatempan (febrero de 1821), se adhirió al Ejército Trigarante y tomó parte en la batalla de Arroyo Hondo, cerca de Querétaro, y en la de Azcapotzalco, registrada en agosto de 1821, una de las dos últimas de la guerra de Independencia. Entró con dicho ejército a la ciudad de México el 27 de septiembre.
En la milicia ascendió paulatinamente y al iniciar la cuarta década del siglo XIX ya era general de brigada. Para entonces fue designado general en jefe de las operaciones contra quienes proclamaron la República de Yucatán para separarse de la Federación mexicana. Su «conducta y manejo» en tal encomienda no fue aprobada por una parte de sus superiores y se le formó una causa de la cual salió bien librado, como él explica en un documento dirigido en 1844 a sus conciudadanos y compañeros de armas.
Durante la invasión estadounidense, es comisionado para enfrentar la fuerza expedicionaria que tras capturar Monterrey se dirigía al centro del país. Al mando de 3000 lanceros, el 23 de enero de 1847, en San Luis Potosí combate una columna invasora y apresa a cien de sus integrantes. No obstante el resultado de dichas escaramuzas, los defensores mexicanos debieron replegarse ante el empuje invasor.
Tras la guerra con Estados Unidos, en 1851 Miñón fue investido como comandante general de Querétaro y Oaxaca; un año después el presidente Mariano Arista lo llama para combatir fuerzas aliadas de Jalisco y Michoacán, partidarias de Antonio López de Santa Anna, quien por enésima ocasión buscaba arribar a la Presidencia de la República.
En agosto y septiembre de 1855 fungió como gobernador interino del Distrito Federal y en marzo de 1856 hizo causa común con las fuerzas que se rebelaron en Puebla contra el presidente interino Ignacio Comonfort, quien controló la asonada. Posteriormente, Miñón reconoció al Imperio de Maximiliano; por tal razón, el 21 de junio de 1867, tras la entrada de las fuerzas republicanas de Porfirio Díaz a la Ciudad de México, fue puesto preso junto con otros generales. De este modo, prácticamente concluyó su carrera militar y once años después, cuando apenas iniciaba el Porfiriato, dejó de existir.
Podría pensarse que su nombre sería más recordado de haber perecido en combate o hubiera sido pasado por las armas en razón de causa justa; sin embargo se mantuvo inmerso en las contradicciones de su tiempo y finalmente se distanció del estereotipo de héroe impuesto por la historiografía oficial. El saldo de su imagen pública le alcanzó para recibir a su muerte el reconocimiento de algunas autoridades como las que en Tepic le dieron su nombre a una calle y hasta para que éste sobreviva a pesar de no formar parte ya de la nomenclatura oficial.





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