
Pensé en suicidarme. No una, varias veces…
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* “El cine salvó mi vida” reconoce Sergio Tovar Velarde, un joven nayarita de excepción, talentoso creador de la película “Mi último día”, al escribir especialmente para «Nayarit en línea» su experiencia personal con la depresión y el suicidio
La depresión es una enfermedad silenciosa. Es comúnmente confundida con tristeza, como si fuera un sentimiento, no un trastorno. Y es justo en esto que radica, en mi opinión, el peligro de la depresión: la falta de entendimiento. La falta de criterio y, a fin de cuentas, la falta de diagnóstico y tratamiento adecuado. La depresión es un monstruo cuya más terrible característica es, justamente, su capacidad de camuflarse.
Este monstruo ha formado parte importante de mi vida de dos maneras: la teórica y la práctica.
¿UN BEBE CON DEPRESIÓN?
Por un lado mi padre, Sergio Tovar Gómez, es psiquiatra, psicoanalista y psiquiatra infantil. Su área de especialidad, por tanto, son los trastornos mentales y él, de manera más específica, se ha enfocado en el estudio profundo de la depresión.
A lo largo de los años, he conocido a muchas personas que me piden que le mande saludos; se sienten muy afortunadas de haber recuperado su vida tras pasar meses o años sumidos en la oscuridad. Sé que mi papá ha cosechado por esto el cariño y gratitud de sus pacientes y eso me llena de orgullo. Ser hijo de un psiquiatra, pues, me ha permitido tomar conciencia de este tipo de trastornos desde que yo era muy pequeño.
He escuchado de casos realmente impactantes. Recuerdo uno en especial: un bebé de meses que fue diagnosticado con depresión después de varias semanas de estudios que aseguraban que físicamente se encontraba perfecto. ¿Por qué se deprimiría un bebé que no tiene ningún problema en la vida? Porque no es una tristeza, repito. Porque no tiene que haber un porqué. Es como la gripe, el cáncer, la diabetes… Es una enfermedad; y no cualquier enfermedad: es una enfermedad que si bien no mata por sí misma, puede causar la muerte. Me refiero al suicidio.
Las estadísticas son cada vez más alarmantes. Conocer casos clínicos me ha permitido sensibilizarme con el tema; comprenderlo un poco, con todo lo incomprensible que puede llegar a ser. En datos, la depresión es la segunda enfermedad más frecuente sólo detrás de la gripe y el 70% de las mujeres la padecerá en algún momento de sus vidas.
Por otro lado, la depresión ha formado parte de mi vida de manera mucho más directa. Yo la padecí durante algún tiempo y fue una época de mi vida realmente dura y compleja. Hoy lo puedo decir abiertamente, aunque en su momento habría sido imposible. Fue una depresión bastante fuerte, que me hizo percibir al mundo como un lugar absolutamente inhóspito.
“NI PARA ESO TIENES HUEVOS…”
No recuerdo demasiados detalles, pero tengo aún muy presente la sensación de vacío; el dolor que me generaba saber que YO era YO, pudiendo ser alguien más, alguien mejor. Percibía la felicidad como algo utópico, absolutamente inalcanzable, especialmente para mí. La depresión es terrible.
Recuerdo un día que al entrar a mi cuarto vi fotos mías, vi mi ropa, algún diploma de la primaria: todo lo que me recordaba quién era yo y eso me aterraba, era como ver una bestia en el espejo.
Ese día quité todas las cosas de las paredes, dejé mi cuarto prácticamente desnudo para evitar recordarme a mí mismo: que algún día había sido un niño feliz y en ese momento estaba reducido a un ser vil e indigno de vivir su vida. Pensé en suicidarme. No una, sino varias veces. Nunca lo intenté porque me daba demasiado miedo. “Ni para eso tienes huevos”, me repetía a mí mismo, como un reclamo más.
Escribí por aquel tiempo, cuando tenía 14 años, un texto titulado “Entre la vida y la muerte”. Años más tarde, al leerlo en retrospectiva, me pareció escalofriante. Terminaba diciendo: “Soy vacío, soy tiempo: soy nada”. Me duele mucho saber que ese niño sufría tanto.
Un día descubrí que si las demás personas pudieran ver el mundo como yo lo veía, podrían comprender y me darían la razón. Utilizando una cámara de video Hi8 comencé a grabar, casi a manera de tesis, momentos cotidianos de mi vida que daban testimonio de mi sentir. De mi soledad. De mi vacío. Grabé muchos momentos de mi realidad que, desde luego no eran, en lo más mínimo, tan trágicos como yo los percibía.
LA LUZ AL FINAL DEL TUNEL
En realidad, yo tenía todo para ser feliz: padres amorosos y dedicados realmente ejemplares, una hermana que me hacía feliz, facilidad para la escuela, etcétera. Mi vida era bastante buena pero la depresión es casi como traer lentes oscuros permanentemente.
La luz al final del túnel comenzó a dejarse ver. Varios factores fueron uniéndose para que yo pudiera levantarme, aunados a una positiva respuesta al tratamiento antidepresivo que seguía.
Las cosas favorables se volvieron visibles: tan pronto comencé a sentirme mejor me dio curiosidad integrarme como actor a un grupo de teatro, la Compañía de Teatro del Estado de Nayarit, dirigida en ese entonces por el Maestro Rodolfo Amezcua del Río (q.e.p.d.), a quien le debo mucho.
Conocí también uno de los libros más mágicos, “El Principito”. Lo leí por primera vez a la edad de 15 y me cambió la vida, tanto que me volví coleccionista, actualmente poseo casi 80 versiones del libro en al menos 40 idiomas.
Tomé, además, un curso de fotografía usando una vieja cámara réflex Nikon y comencé a sentir un ímpetu creativo muy interesante. Se sentía como un cosquilleo.
Poco a poco mi videotestimonio, con el que pretendía demostrar al mundo lo lamentable de mi existencia fue pareciéndome ocioso. Mi vida ya no era patética, quizá nunca lo había sido. Lo fui dejando en el olvido.
Para este tiempo yo ya había hecho varias mini producciones caseras: Una adaptación de “Canción de Navidad” de Charles Dickens (a los 12 años), otra de “El príncipe y el mendigo” de Mark Twain (a los 13) y hasta un largometraje (a los 14). En todos los casos, había realizado esos trabajos poniéndome como actor ya que actuar era mi sueño originalmente.
EL CINE SALVO MI VIDA
Al disiparse la nube depresiva me encontré a mí mismo como un hombre mucho más fuerte, consecuencia de las situaciones que había padecido. Más sensible y consciente de mi entorno. Me encontré a mí mismo con conocimientos de realización de video.
Y lo más importante: descubrí que tenía muchas ideas e historias en la cabeza que quería compartir con el mundo. Fui sintiendo que sería divertido soñar con ser director de cine, aunque sonara tan disparatado para alguien que hasta hacía muy poco creía que no había nada por lo que valiera la pena la vida.
Aún deseo morirme y quizá lo haga muy pronto –me dije en aquel momento– pero antes de hacerlo, quiero realizar una pequeña película en video a partir de una idea que tengo. Cuando la haga, ya habré dejado algo en el mundo y podré irme en paz.
Así, dirigí mi primer cortometraje que no me incluía como actor, únicamente como director: “Carolina ”.
Al terminarlo, me sentí feliz, me sentí pleno. Me dije: no sé si quiero suicidarme o no, pero tengo otra historia y no puedo morirme sin haberla hecho. Hice mi segundo cortometraje (La danza de las salamandras) y no me permití pensar en el suicidio porque después de ésa, ya tenía otra historia, y luego otra, y otra.
El cine salvó mi vida. Con el pretexto de quedarme para contar historias fui ganando tiempo y eventualmente, los deseos de morir se disiparon por completo.
Esto me lleva a un pensamiento gracioso: si un día se me acaban las historias que filmar, estaré en problemas porque quizá entonces no quiera vivir, aunque por ahora tengo un cuaderno lleno de ideas.
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*Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes
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CORTOMETRAJE «CAROLINA»

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