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Mi último día… ¿Vale la pena vivir?

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* En su segunda entrega, el cineasta nayarita Sergio Tovar Velarde, relata el viacrucis que vivió para realizar su primera película en carteleras y contarle al mundo la historia de Mariano, el muchacho que quería suicidarse

A los 17 vine al Distrito Federal para estudiar, con intenciones siempre de seguir haciendo cine. Estudié la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana con especialidad en cine. A lo largo de la carrera trabajé y exploré géneros y estilos de filmar muy diversos. Fui encontrando mi propia voz como realizador y puliendo mi técnica.

Después de nueve cortometrajes, algunos en video, otros en cine, decidí que quería lanzarme a la aventura de hacer un largometraje.

“RICO NO ES EL QUE MAS TIENE…”

Tenía claras dos cosas: 1) Nadie iba a darle a un tipo de 22 años dinero para producir una película cara, así que debía ser muy barata. 2) Sabía que iba a dedicarle varios años de mi vida, así que debía ser algo que realmente me interesara y me conmoviera.

Como siempre he estado en contra de las producciones caras que se hacen con poco dinero (y se ven chafas), opté por buscar una idea que fuera barata no por falta de presupuesto, sino porque esencialmente no necesitara más. Como dicen: “Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita”. Esto, desde luego, con la claridad absoluta de que más dinero no significa una mejor película.

Encontré entonces la posibilidad de retomar aquel viejo video en Hi8, ese relato tan íntimo y tan personal que nunca terminé. Encontré que sería la manera perfecta de cerrar ese ciclo y, a la vez, abordar un tema que había vivido muy de cerca. Decidí filmar «Aurora Boreal», hoy conocida como «Mi último día».

Decidí ser fiel a la esencia de ese video y mostrar los últimos días de un chico que ha decidido suicidarse. Decidí que si lo iba a hacer, debía hacerlo bien y mostrar únicamente lo que él mismo había grabado con su propia cámara. Lo que es más: decidí ser fiel al lugar y tiempo originales.

Elegí ubicar la película en el Tepic de 1994 y llenarla de personajes interpretados por personas que fueron clave en mi vida.

LA HISTORIA DE MARIANO

Decidí desarrollar una historia original bajo este concepto para evitar que se convirtiera en una autobiografía: “Mariano, de 13 años ha decidido quitarse la vida, por una profunda depresión y la culpa de haber ocasionado a su hermano un accidente que lo dejó con una parálisis”.

Si bien la trama no muestra mi vida, la película sí terminó mostrándome a mí. Muchas de las frases que aparecen en la película, las dije o las escuché. La sensación de tristeza, de soledad, de abandono. Todo está ahí.

Antes de comenzar el proyecto, estudiamos Edgar Barrón (el productor) y yo los posibles problemas de llevar a la pantalla esta historia.
Contar una película completamente desde el punto de vista de un chico de 13 años filmada con una intención de verosimilitud traía consigo varios riesgos lógicos:

– Debíamos recrear la falta de experiencia en el manejo de una cámara de video por parte de un personaje, lo cual traía consigo que por momentos, la imagen debía ser muy oscura, por momentos inestable y que marearía. Debía ser torpe e imprecisa. Siempre supimos que habría personas que opinarían que era una falta de experiencia técnica, que dirían que se ve “chafa”. Esto no me preocupaba. Para este momento, ya había filmado cosas en esquemas convencionales y tenía claro de lo que era capaz a nivel técnica. Para mí era un reto, en todo caso, olvidar lo que sabía de hacer cine correctamente, desaprender y filmar como si tuviera 12 años, con esa ingenuidad y frescura. Hoy, cuando alguien me dice que mi película parece hecha por un niño, me parece el mejor halago, incluso cuando lo dicen como una crítica negativa.

– Sabíamos que no podíamos utilizar actores famosos para mantener la convención lo más posible. No habría sido igual de verosímil si el papá fuera Demián Bichir, por dar un ejemplo.

– Sabíamos que el melodrama, como género, depende mucho de la música para reforzar y enfatizar los momentos. En este esquema, el uso de la música es imposible siguiendo la lógica del planteamiento original. Es decir, si hubiera música en este video, ¿de dónde viene? Sólo aparece de manera incidental cuando forma parte de la realidad dramática de los personajes.

– Sabíamos que el ritmo debía ser variable, a ratos francamente lento. A diferencia de una película común, ésta debía detenerse en detalles, elementos que quizá en una estructura convencional parecería que sobraron y que, sin embargo, a mí me parecían completamente necesarios. Algunos silencios, algunos momentos contemplativos. De cualquier modo, comparado con mi video en Hi8, “Mi último día” es agilísima y muy entretenida. Un video real, en esta situación y contexto, no es una película divertida en el entendimiento convencional. Esto, pienso, es lo que vuelve especial la película.

… SI VALE LA PENA VIVIR

Encontramos que eran más los pros que los contras. Para mí era un ejercicio cinematográfico muy interesante dirigir como intérprete de un personaje: olvidarme de lo que yo director querría hacer en mi película y comenzar a pensar como un personaje que es, a final de cuentas, quien cuenta su propia historia. Desde luego hay cosas que yo habría hecho diferente si fuera mi película. Pero la lógica de mi personaje me dictaba ciertas pautas y escucharlo fue una experiencia interesantísima.

Además, ofrece como resultado la posibilidad de que el espectador, al ver la película, se ponga, literalmente, en los zapatos del personaje: Que vea lo que él ve, que oiga lo que él oye y, en el mejor de los casos, que sienta lo que él siente.

A lo largo de toda la película, Mariano, el protagonista entrevista a diversas personas acerca del suicidio, de la vida, la muerte y si vale la pena vivir. Aunque escuetas y de apariencia burda, muchas de las respuestas son copias de respuestas que yo obtuve en mi video Hi8.

Frases como “yo creo que nomás lo haces por llamar la atención” o “los que se la pasan diciendo que se van a suicidar no se suicidan” fueron muy comunes en mis tiempos depresivos. Esta última, cabe aclarar, es una creencia muy común y se ha comprobado que es errónea.

En julio de 2006, cuando yo tenía 23 años, se filmó la película que en ese tiempo se titulaba “Aurora Boreal”. Un proyecto muy pequeño, muy arriesgado y muy personal. Una película que me llenó de felicidad. Como realizador, me parece difícil ser más honesto. Le entregué el alma y el corazón. Y me toqué muchas veces la llaga, removiendo recuerdos dolorosos. Pero el cine es, al fin, una catarsis. Un exorcismo.

 

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*Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes

 

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